Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos

Crítica de Benjamín Harguindey - EscribiendoCine

Todos peleaban al estilo kung fu

La variedad de Marvel es la de una tienda de disfraces: los cambios son tan coloridos como superficiales. Para su última producción se ha vestido de cine de artes marciales y luce todos los clichés asociados con orgullo.

Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos (Shang-Chi and the Legend of the Ten Rings, 2021) no va a engañar a ningún aficionado del género, pero para los estándares del cine de superhéroes tiene algunas de las mejores coreografías jamás falseadas por computadora.

David Callaham es el escritor y se copia a sí mismo al reproducir la estructura, temática, varias escenas y hasta la codificación de colores de Mortal Kombat (2021). Su mayor deuda no obstante es con el protagonista, que nuevamente resulta la parte más floja y hasta enajenada de la historia. El titular Shang-Chi (Simu Liu) es uno de los héroes más chatos de la banca de Marvel, un ser totalmente reaccionario a un entorno que lo tiene perdido o confundido la mayor parte del tiempo. No hay escena en la que no sea aleccionado o reprochado por alguien mejor capacitado o vastamente más interesante que él.

Shang-Chi, caracterizado como un excelente luchador y de una inmadurez que una vez mencionada no importa a la trama, debe viajar de EEUU a su nativa China para enfrentar a su milenario padre (Tony Leung). Los motivos son del orden de melodrama familiar, esbozados lentamente en largas e innecesarias digresiones hacia el pasado. Por esta vez en el MCU, el villano resulta mucho más atractivo y convincente que el héroe: cruel y defectuoso pero con una motivación clara. Hasta la compañera platónica de Shang-Chi, Katy (Awkwafina), relegada a restarle seriedad a la película, resulta más simpática que él.

Las escenas de pelea elevan el mediocre melodrama que hace de historia. Acostumbrado el cine de Marvel a la pantomima de héroes digitales intercambiando golpes con alienígenas, robots y monstruos que no están ahí, es un raro placer en un film de acción catar peleas entre seres humanos y poder apreciar el peso y la dimensión de la coreografía. Ya sea un bus descarriado en San Francisco o un club de pelea en Macao, la acción es tan creativa como intensa. En contraste, el acto final presume el retorno casi obligatorio de la bombástica computarizada, completo con reveses tan fantásticos que parecen salidos de otra película.

Como film de acción y aventuras resulta entretenido, a veces inspirado en sus elaborados artificios. Posee también uno de los pasajes más graciosos que ha cosechado Marvel, cortesía de un personaje que regresa de la oscuridad de su filmografía. Shang-Chi depende de una fórmula cansadísima aún en sus pretensiones de homenaje cultural (que la propia China, al día de hoy, no decide si censurar o no), pero dentro de todo y más allá de los portentos de una ristra interminable de secuelas, logra la autosuficiencia.

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