Shame: sin reservas

Crítica de Alberto Harari - MI CINE - por halbert

EL LADO OSCURO DE UN ADICTO AL SEXO

La hipersexualidad se identifica por una frecuente estimulación visual que hace que un individuo exacerbe su natural sexualidad hasta llevarla a límites adictivos. Las personas hipersexuales suelen tener problemas laborales, familiares, económicos y sociales. Su deseo sexual les exige acudir corrientemente a prostíbulos, comprar artículos pornográficos, buscar páginas sexuales en Internet, realizar con frecuencia llamadas a líneas eróticas, buscar contacto sexual mediante citas a ciegas, entregarse al sexo ocasional con desconocidos, y hacen que su existencia gire en torno al sexo, desatendiendo otros importantes aspectos de su vida de relación.

Al pobre (?) Brandon le sucede algo similar en "Shame: sin reservas". Es un ejecutivo con exitosa vida laboral, al que se lo ve socializar en los after hours con sus compañeros de trabajo, pero pareciera que su único objetivo es “levantarse” una mujer para descargar su apetito sexual. Es un hombre que desborda sensualidad por su forma de mirar a las féminas de las que gusta y a las que pretende conquistar para llevar a la cama (o ni siquiera, porque la pared de una calle oscura puede servir como apoyo para arrinconar a una mujer que respondió a su mirada, y así satisfacer su deseo).

Desde el inicio, lo vemos sentado en el subte, observando a una joven que queda cautivada por su insistente mirada, y a la que éste sigue cuando ella se baja, sin lograr alcanzarla. No importa el hecho de estar yendo al trabajo: si surge una oportunidad para tener sexo, Brandon no va a dejarla pasar. Su cotidianeidad parece ser bastante regular: trabajar de 9 a 5, salir a correr, ver porno, conectarse vía web para sexo virtual, masturbarse a diario y donde sea, y tratar de cazar una presa que pueda saciar su apetito.

Es cierto que el deseo sexual varía considerablemente en los humanos; lo que una persona consideraría deseo sexual normal, otra persona podría entenderlo como excesivo, e incluso, otra, como bajo. Es discutible el hecho de afirmar que Brandon es un adicto; lo que tal vez sí es claro es que su capacidad para relacionarse emocionalmente se ve afectada por este comportamiento. Por ello es interesante ver cómo se desenvuelve en una cita más convencional con una compañera de trabajo, y escuchar su opinión respecto de lo que significa para él estar en pareja, reconociendo que su relación amorosa más duradera alcanzó apenas los 4 meses. Su intento por querer establecer una conexión afectiva con esta chica es valioso, en la escena en la que la invita a un hotel para intimar, pero lamentablemente no le alcanza para estimularse sexualmente, malogrando el encuentro que tiene un cariz más romántico. Sin embargo, minutos después, en la misma habitación de hotel, una prostituta hará su parte, satisfaciendo a Brandon. Pero es aquí cuando cierta frustración comienza a reconocerse en su rostro, dando cuenta, tal vez, de su imposibilidad de establecer vínculos más profundos.

La irrupción de Sissy en su vida, su extrovertida hermana menor a la que hace mucho no ve, empieza a afectar su estructura. Ella le pide alojamiento, ya que parece haber roto una tormentosa relación amorosa, que la muestra en crisis, en un estado de patética perdición. La convivencia entre ambos empezará a hacer mella en la relación, hasta llevarla a límites que bordean la tragedia. Uno de los aspectos interesantes de ambos personajes (enormes actuaciones de Michael Fassbender y Carey Mulligan) es lo que no sabemos de ellos. Parecieran haber tenido una infancia penosa, que malogró sus identidades, pero nada de ello se explicita, y debemos imaginarnos por qué estas personas hoy son como son y se relacionan como lo hacen. Hay una carga de pasado que probablemente llevan consigo, y se percibe en la forma de actuar de cada uno: insensible por parte de Brandon, y necesitada de afecto por parte de Sissy.

Este provocador filme de Steve McQueen (“Hunger”) resulta así una interesante radiografía de un hombre en estado crítico. Es de esas películas en las que el personaje importa más que la historia o, mejor dicho, el personaje ES la historia (así como lo era la Erika de “La profesora de piano” de Haneke). Resulta atractivo seguir la vida privada e íntima del protagonista, y es encomiable la labor de Fassbender, pues se entrega con todo y se expone física y psíquicamente al personaje. Una Nueva York nocturna se muestra muy bien fotografiada por Sean Bobbitt y, especialmente, la formidable profundidad y cierta trascendencia de la música de Harry Escott, está al mismo nivel, por lo que la dirección, en definitiva, resulta superlativa.

Carey Mulligan entrega uno de sus mejores trabajos actorales: es desgarrador verla llorar al teléfono mendigando amor, o cantar en un tempo imposible la mítica “New York New York”. Michael Fassbender se consagra con este protagónico (¿hacía falta dejarlo afuera de las nominaciones al Oscar por poner a Clooney?) por la enorme exposición antes aludida, enfrentando un rol difícil al que no cualquier actor se atrevería. Gran película que, probablemente, por el hecho de describir la intimidad de este hombre, puede herir la sensibilidad de espectadores más estructurados (amén de las explícitas escenas de sexo y desnudos completos que incluye), pero no por eso hay que dejar de verla. Después de todo, ¿quién no tiene un lado oscuro...?