Scream

Crítica de Daniel Núñez - A Sala Llena

El teléfono suena. Quien atiende está sola, completamente sola en su casa. La noche le hace compañía. Del otro lado la voz aguardentosa y seductora de un hombre hace preguntas al azar, guiando y dominando la situación. La chica sigue el juego. Entre preguntas triviales e intentos de convencer a la joven de mantenerse al teléfono, el clímax corta con una pregunta filosa y trascendente que precede la muerte: “¿Te gustan las películas de miedo?” El interrogatorio es la antesala intelectual, sádica, morbosa para atormentar a la víctima antes de augurarle un destino fatídico bajo el yugo de una cuchilla a la espera tras una puerta, un armario, una ventana. Podría ser una clásica leyenda urbana americana. Pero es el clásico arranque de la saga Scream. También es la carta de presentación de la nueva Scream, quinta parte de la franquicia, ya sin el maestro Wes Craven tras las cámaras, y que reformula y cuestiona las viejas reglas y reflexiones sobre la franquicia en sí.

Acá la autoconsciencia es reformulada como único escape, digno, inteligente, hacia la supervivencia del slasher. Amolda gran parte de su cuerpo y peso al imaginario popular actual sin recaer en demandas ideológicas sin sustentos más que el de pertenecer a cierta agenda política de turno. Le interesa más reflexionar cómo se debe adaptar al acelerado mundo actual sin destituir la brecha generacional que formula en su proceder, coexistiendo en ella los viejos y medio baqueteados personajes de la primera con los nuevos jóvenes y sus tribulaciones, sin caer en una mirada reaccionaria sobre un pasado idealizado. Acá si la protagonista se llama Sam (antha) Carpenter no es como guiño fácil para el fandom; tras esa catarsis que es la del homenaje directo se esconde la flecha hacia dónde apunta gran parte del discurso de la película: cuestionar el cine total, más allá del slasher o el terror, en donde su naturaleza metafísica permite devolver algo que parecía imposible en los tiempos que corren: que el espectador sea nuevamente activo, que deje su pasividad en el confort de los sueños. Alguien dijo que antes el cine te obligaba a pensar, ahora te obliga a sentir. Scream es la prueba salvaje, sanguínea de que se puede patearle las pelotas al cinismo actual, paradójicamente creado por la primera Scream, que no hizo más que réplicas frankensteinianas en donde el espectador tomó lo autorreferencial y la autoconsciencia como herramienta mundana, sin deliberación alguna sobre sus bondades. La respuesta se encuentra en esta obra.

Retrospección y resurrección, ceremonia para los novatos y ritual para los iniciados. Reivindicación del slasher actual, o neo slasher si es que eso existe, más que un greatest hits de momentos trillados, lugares comunes y clichés para el bostezo como excusa exclusiva para el empoderamiento femenino y la demonización absoluta masculina. Acá el mal está presente en todas las formas, tengan pito, tetas, o cualquier diferencia biológica así como los golpes, cuchilladas y disparos destruyen cualquier tipo de cuerpo. No hay tiempo ni espacio para lo que se viene hablando en el cine desde hace ya una década. Lo suyo está cronometrado milimétricamente para que todo momento tenga un peso dramático dentro de su universo: el de redescubrir y transformar, pero sin perder su espíritu de rebeldía (la Scream original es una película terriblemente anarquista, punk, antisistema, empoderada). El film camina sobre ese borde, ese límite, por eso es una película enérgica, movilizadora para un género que ya no es lo que era y que a su vez no se toma en serio su naturaleza subversiva. Por algo el sheriff Dewey vive aislado en un remolque, ya retirado: porque en Scream las leyes cambiaron y lo que antes era un espíritu salvador ahora es apenas un vaquero crepuscular en el ocaso de su heroísmo. O Sidney Prescott que es madre y está casada pero a su vez puede ser la scream queen más grande del slasher después de Laurie Strode (Jamie Lee Curtis). Scream, como su original, es cine posmoderno, que dialoga con trascendencia la posición que debe tomar un determinado estilo de cine para poder existir sin tener que ser pretencioso y solemne, como mucho cine de terror actual que es severamente castigado apenas arranca la obra. Los conceptos antes mencionados se magnifican en esta secuela, logrando una transformación intertextual que a simple vista parece simple, atractiva pero a su vez engañosa y cuestionable. Pero no, el film es firme y no titubea en su posicionamiento. Esa transformación necesaria, obligatoria, es la que ejerce la película sobre todo: su discurso, su mirada del mundo, sus formalidades y personajes. Todo se acopla y encaja, como las piezas del rompecabezas o las pistas que llevan a la verdad en el whodunit.

Es ante todo un estudio sobre las nuevas reglas culturales y sociales a las que se tiene que adaptar el (sub)género si es que quiere seguir vivo y no pasar a ser objeto de observación de aficionados, pero sin arrodillarse y tragarla entera: una toma de posición frente a tanto producto para geeks sin reparar en el espectador medio, o cualquier tipo de espectador que no responda al fanatismo indiscriminado. Esa toma de posición es clara y unívoca, principalmente en el tramo final, aun cuando dependa en gran parte de los aficionados para seguir existiendo. Ambigüedad honesta y esclarecedora: Se mira al espejo y ve en su reflejo lo bueno y lo malo, lo blanco y lo negro, lo alto y lo bajo. Ahí se encuentra la belleza tras Scream: tal como la primera tomaba la autoconciencia intelectual y elitista que en décadas anteriores era motivo de análisis academicistas solo para especialistas y transformaba dicha información en pura pulsión lúdica, salvaje y divertida, en ésta última debate sobre la autoconsciencia instaurada ya en la cultura popular como mero guiño cínico y ya cansado a favor del escepticismo por un tipo determinado de cine y si se quiere espectador. Es decir, para redondear, autoconsciencia que viene a poner orden y resucitar a un subgénero, casi un deja vu de su original. Un espacio de tiempo eterno que se repite en loop como aquel momento en que Michael Myers, como autómata, recreaba el mórbido Halloween de su infancia y hacía nacer involuntariamente y eternamente al cine slasher.