RoboCop

Crítica de Pablo De Vita - La Nación

Alex Murphy es un policía incorruptible y con un profundo sentido de la responsabilidad, tanto en su trabajo como en el cuidado y afecto que le prodiga a su familia, aunque la ciudad de Detroit no sea un sitio demasiado tranquilo merced a la delincuencia que azota sus calles. Es por eso que Raymond Sellars, el CEO de una empresa llamada Omnicorp, intenta incluir a sus robots al servicio de la prevención del delito, pero tiene la resistencia del Senado norteamericano y de la mayoría de la ciudadanía. Cuando, por investigar el turbio mundo de las drogas, Alex Murphy resulte seriamente herido sobrevendrá lo inevitable: su única opción para seguir viviendo será combinar una extraña mezcla de humano y robot, y -no casualmente- servir de prototipo al plan que tiene la empresa Omnicorp para poder introducir sus desarrollos tecnológicos en la seguridad interior. Pero apenas implementado el "prototipo" desarrollado en China, se presentará la cruel disyuntiva de cómo evitar que su parte humana interfiera en la eficacia del proyecto que lo convirtió también en robot.

Sin tratar aquí los elementos de un relato bastante conocido como la versión original que realizó Paul Verhoeven, es deber indicar que el director José Padilha ( Tropa de elite ), concretó una remake que no sólo resulta una traslación ingeniosa de esa atmósfera inicial sino una actualización que comprende muchas angustias de la sociedad contemporánea (delincuencia, drogas, terrorismo), entremezcladas con aquellas de la celebrada y apologética distopía de los 80 que anticipaba una realidad, proyectada del presente, infinitamente peor. Por otra parte, diferenciando el ideal entre ciencia y tecnología, traspasa lo cibernético de aquella Robocop para consustanciarse con los confines de la bioética en la preservación del cuerpo y en un hipotético rol de la inteligencia artificial. Por eso esta versión es más reflexiva pero convencional y menos revulsiva e intensa que la original, si bien presenta algunas logradas escenas de acción y cuidados rubros técnicos.

Siempre se destaca, en estos relatos que bordean lo cyberpunk, la crítica abierta y frontal a la corrupción policial, a la connivencia entre quienes detentan el poder político y el empresarial, al marketing que moldea la opinión ciudadana y, particularmente en esta historia, a la utilización de drones por parte del ejercito. Todo, lógicamente y para no asustarse, en un universo futuro de fantasía que, aunque hacia el final va perdiendo consistencia, supera lo esperado para esta nueva versión de un film que marcó una época. Joel Kinnaman sale indemne de su personaje central y lo acompañan con acierto Michael Keaton como el villano empresario; Samuel L. Jackson como un reaccionario presentador televisivo y, en menor medida, Abbie Cornish, como la sufrida mujer del reciclado policía. Pero el deleite es la composición de Gary Oldman como el ambiguo doctor Norton, que duda permanentemente entre la ética médica, la fama mediática y el respaldo empresarial.