Revancha

Crítica de Fernando López - La Nación

Boxeo y melodrama

Los films de boxeo suelen proponer metáforas de la vida: historias que, con mayor o menor fortuna (y mayor o menor habilidad), mezclan lucha, resistencia, empeño, consagración, triunfos pasajeros, declive, castigo, recuperación, mudanza, entereza, redención. Precisamente la redención, en este caso, sumada al condimento siempre eficaz de la revancha, resulta el asunto central de este melodrama deportivo que escribió Kurt Sutter, atento a no apartarse del camino que señala gran parte de la tradición fílmica en la materia. ¿Por qué desafiarla si su eficacia está probada?, se habrá preguntado el guionista. Y probablemente también el director Anthony Fuqua, sabiendo que existe una vastísima colección de clichés que están al alcance de la mano. Quizá -supongamos que reflexionó- bastaría con actualizar un poco la forma inspirándose levemente en Scorsese para las sanguinolentas escenas del ring y fortalecer el costado deportivo de la historia, ya que el guión tendía a robustecer el drama humano.

Claro que Revancha está más lejos de Toro salvaje que de los capítulos de Rocky, pero aun así la obra de Stallone le saca ventaja. Por lo menos no exhibe la declinación que padece este film originalmente concebido para Eminem. A partir de una primera parte impetuosa y convincente que presenta a los personajes -el huérfano que se ha abierto camino en la vida y ha logrado la fama y la riqueza que hoy ostenta gracias a sus músculos y su bravura, y las dos mujeres a las que más ama en el mundo, su mujer (la estupenda Rachel McAdams) y su hija-, después, una vez que se produce el drama y se precipita la decadencia (personal, profesional, material y moral del gran campeón hasta allí imbatible), la película va decayendo en la misma medida en que se multiplican los lugares comunes.

Por comprometido e intrépido que sea el desempeño de un actor (tanto en lo interpretativo como en lo puramente físico), el esfuerzo de Jake Gyllenhaal, sin duda notable tanto en el ring como fuera de él, no es suficiente para disimular las flaquezas (tal vez debería decirse la pereza) de un guión que recurrió a todos los clichés típicos del film de boxeo. El diseño de los personajes responde a esa receta, del doloroso pasado del protagonista, su incontrolable violencia y su devoción de padre y esposo a la serena sabiduría del entrenador (Forest Whitaker), lleno de frases sentenciosas, y desde la poco creíble trayectoria deportiva del protagonista hasta las alternativas de la pelea final, a la que se llega dejando a un lado cualquier afán de verosimilitud.

No obstante es precisamente el trabajo de Gyllenhaal lo que aporta el principal atractivo del film, y no sólo por el sacrificio al que debió someterse: el actor está habituado a estas metamorfosis físicas; en este caso fue un intenso entrenamiento gracias al cual ganó alrededor de 7 kg de músculos, quizás una compensación para los 9 kg que debió perder para Primicia mortal (2014).

El film fue dedicado a la memoria del compositor James Horner, fallecido en junio último.