Refugiado

Crítica de Guido Pellegrini - A Sala Llena

Toda película que retrata una historia mínima corre el riesgo de confundir el (corto) alcance de su mirada con el de su ambición. Fue el error de la sentimental película de Carlos Sorín, parodiada por Mariano Llinás en su monumento a las ambiciones desmedidas, Historias Extraordinarias. Por suerte, Refugiado, de Diego Lerman, evita esta trampa, al rechazar la transparencia de una narración clásica y optar, en cambio, por un relato a veces opaco, que enfatiza cada detalle, porque el secreto de la trama puede esconderse en cualquier lado.

Lerman acompaña a una madre y su hijo, Laura y Matías, quienes huyen de un marido golpeador, Fabián. Se hospedan brevemente en un refugio para mujeres maltratadas, pero Laura no quiere enfrentarse a su pareja, aunque sea para presentar una demanda, y por lo tanto emprende una angustiosa retirada, de un hotel a otro y del paisaje urbano al rural. La figura del monstruo, Fabián, nunca se vislumbra y solamente surge en incesantes llamadas telefónicas, por lo que permanece en el amorfo espacio que constituye el fuera de campo. Julieta Díaz y Sebastián Molinaro, que interpretan a los protagonistas, actúan como frente a una pantalla verde, sobre la que después se agregarán elementos digitales. Aunque recorren arterias porteñas, podríamos decir que cruzan un mundo virtual, distorsionado por el miedo y convertido en un laberinto de espejos que les devuelve, multiplicada, una imagen de su pánico. Julieta Díaz, nerviosa y agitada, evoca con atolondrados movimientos lo que no vemos, un cuerpo, el de Fabián, que habita todos los lugares sin materializarse en ninguno.

Wojciech Staron, el director de fotografía, sigue los pasos de Laura y Matías con una cámara en mano, o a través de tomas fijas en las que su objetivo espía detrás de muebles u objetos, como en el cine de Wong Kar-wai. Es un punto de vista casi clandestino, que contempla sin ser descubierto. Lerman complica nuestro rol de espectadores, que adoptamos para comprender el sufrimiento de Laura, pero que nos obliga a vigilar lo privado y que entonces nos asemeja a Fabián, tan invisible y ubicuo como nosotros. Es una estrategia estética que remite a la de Pablo Fendrik, en El Asaltante, en la cual un hombre, por razones desconocidas, roba escuelas privadas en Capital Federal. En sus itinerarios, siempre existe la posibilidad de que lo reconozcan y lo detengan, y por lo tanto cada milímetro del encuadre es crucial, porque puede ocultar la ubicación de un policía o envolver la clave del misterioso pasado del protagonista, a quien nunca perdemos de vista, como si nosotros fuéramos sus perseguidores. Las numerosas esquinas y calles que atraviesa, durante su aventura, están infectadas por el virus de un peligro inminente.

Esta infección, en el film de Lerman, no se origina en las consecuencias de un crimen, sino en las resonancias (emocionales y psicológicas) de la violencia de género. Laura atraviesa un continente de sospecha y temor en busca de un santuario, pero olvida que, para dejar atrás a su marido, primero debe suprimir el recuerdo del amor alguna vez compartido, que todavía los enlaza. Es el mismo conflicto que sufre Matías, que debe olvidar a su padre. En este sentido, el celular de Laura, último vínculo entre los tres a medida que crece la distancia geográfica, se convierte en una metáfora de la persistencia del pasado, inclusive -o especialmente- el más doloroso.