Recuérdame

Crítica de Tomás M. Luzzani - A Sala Llena

Uno de los trabajos más difíciles a la hora de elaborar una crítica se da cuando uno recuerda el refrán "Si no puedes decir nada bueno, mejor no digas nada". Y a su vez un espacio en blanco gigante no hace bien el papel de una crítica. Inevitablemente, y pese a que mi compañero Rodolfo Weisskirch ya dijo casi todo lo que se puede decir sobre este intento de película, hay, aún, unas pocas cosas de las cuales se puede extraer algo, no bueno, pero algo.

Aquello que ronda toda la película, aquello que se subraya y se resalta de una forma tan alevosa que resulta indignante sobre encontrar el lugar de uno en el mundo, esta, curiosamente, ligado a la depresión y el suicidio. Por lo tanto, no es ilógico pensar que la película sufra del mismo problema. Sin mucho talento y con un guión que deja mucho que desear, se hace imposible construir un filme optimista a partir de una nota de suicidio. Así que tarde o temprano, y gracias a los incontables esfuerzos del equipo creativo detrás de Recuérdame, finalmente la película tiene su momento kamikaze y se inmola contra todo lo poco bueno que había construido.

Ese "poco bueno" debe leerse como Emilie de Ravin, y por mucho que me pese, las intenciones de homenajear a Brando y Dean de Robert Pattinson, quién pese a que sus dotes actorales no son sobresalientes, entendió que nadie puede hacer mejor de joven incomprendido que ellos, aunque no logró extraer algo propio del tan peculiar lenguaje corporal de esos dos monstruos de la actuación. Todo lo demás, hace agua. Pierce Brosnan si bien tiene unos segundos donde logra construir un personaje más o menos decente, el guionista se esfuerza en llevarlo al cliché más extremo. Lo mismo puede aplicarse a Chris Cooper, y a todo lo que uno pueda imaginarse dentro del filme, el mejor amigo es el cliché del mejor amigo, la relación padre e hijo, casí que la película debería haberse llamado así.

Por favor, y me tomo una licencia muy grande, que se entienda que no tengo nada en particular contra el cliché, no es el recurso en si, sino como se lo usa. Cuando se recurre a este tipo de elementos debido a carencias del autor para poder transmitir el nivel dramático que desea o por falta de recursos artísticos para poder narrar una historia, es cuando el espectador se molesta. Y el final, ese momento cuando la película se inmola en una escena tan asquerosamente patética, subrayada, abyecta e innecesaria que uno realmente no puede creer que hayan tenido el coraje de dejarla en el corte final. No solo por como iban a ser cuestionados, no porque fuesen a ser tratado como viles (después de Preciosa dudo mucho de los valores morales del estadounidense promedio), no porque lo hayan hecho con una ligereza indignante, no porque hayan tratado el aspecto moral y/o ético del asunto (el personaje de Emilie de Ravin y su profesor no se decidieron), ni siquiera por la falta de respeto que representa tomar por estúpido al espectador de una manera tan asquerosamente evidente, sino por la falta de consideración que representa para una inmensa parte del pueblo norteamericano (y por mucho que nos pese, mundial) incluir una escena tan canalla.

Por otro lado, chicas, vayan tranquilas, lloren a su héroe, lagrimeen por esta versión triste y opaca de rebelde. James Deen hay uno solo, Robert Pattison ni siquiera califica como un Matt Dillon tercermundista. De todos modos, quiero rescatar que el pibe se animó a hacer una película independiente, a cree en un proyecto y llevarlo adelante, lástima que haya elegido tan mal.

Dejando de lado toda seriedad y solemnidad, debo decir que no se me ocurre mejor título para el film, es tal el esfuerzo de que uno recuerde a la película y a sus realizadores que uno no solo se acuerda de ellos sino tambien, de sus madres y hermanas.

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