Ready Player One: Comienza el juego

Crítica de Santiago Balestra - Alta Peli

Una puesta dinámica que no consigue tapar su endeble desarrollo de personajes.

En el 2011 se dio a conocer Ready Player One, novela debut de Ernest Cline, que se ganó rápidamente un lugar entre los best sellers por insertar en su narración múltiples referencias a la cultura pop (los ‘80 en particular). El destino, sumado a un largo tiempo de desarrollo, determinó que uno de los más grandes contribuyentes a la creación de ese nicho, Steven Spielberg, se haya puesto al hombro la adaptación. La pregunta que se cuece acá es si conseguirá darle un toque de emoción o quedará sepultada bajo un mar de referencias a productos preexistentes.

Insert Coin

Es el año 2045 y la ciudad de Columbus (Ohio, USA) es una de las más superpobladas. Por los diversos avatares que esto conlleva, el único escape del público es una realidad virtual llamada OASIS. Uno de los usuarios de esta tecnología es Wade Watts, quien encuentra más alegrías en este universo que en su monótona y decadente realidad.

Todo cambia cuando fallece el creador de dicho universo: le heredará poder absoluto sobre OASIS a quien sepa encontrar un “huevo de pascua” oculto.

Ready Player One destaca por sus escenas de acción como solo Spielberg sabe hacerlas. Lamentablemente le cuesta muchísimo hacerlas encastrar con los objetivos emocionales de los protagonistas. La razón es que, básicamente, no están bien desarrollados. El guion no consigue que empaticemos con ellos. Nos afecta más la historia del creador de OASIS que la del propio protagonista, porque una tiene el detalle y la profundidad que la otra no recibe.

La subtrama romántica es introducida de forma forzada. Hay personajes que declaran amor ni bien empezado el segundo acto. No importa que la contraparte romántica le tire una batahola de comentarios sobre que “lo que siente no es amor”: el daño ya está hecho.

No consigue que le tengamos miedo a su antagonista, reduciéndolo a un pelele corporativo. De nuevo, no importa cuántas ordenes de mandar a matar haya dado: el daño ya está hecho.

No consigue que el grupo se haga querer o que nos preocupemos por su destino o su separación. No importa cuánto carisma y remates a la hora de dialogar se les den. Sí, son graciosos, pero el daño ya está hecho.

También cabe señalar que explican constantemente sus orígenes, y sus vínculos tampoco están tan desarrollados de manera tal que nos preocupe que estos se destruyan a través de la abducción o la muerte.

Por muchos que sean los desaciertos a señalar en este título, debo señalar que hay una secuencia donde se homenajea a la película The Shining que vale la pena y es la que consigue, aunque sea ínfimamente, el objetivo de entretener, narrar y emocionar teniendo a la trivia como el corazón de todo.

En materia técnica Ready Player One presenta un gran despliegue visual que consigue sumergirnos exitosamente (y con radical diferencia) entre la realidad distópica y el lúdico mundo virtual. La música de Alan Silvestri se desempeña con naturalidad en el universo Spielbergiano: uno no puede evitar notar que de haber sido John Williams de la partida, sus elecciones no hubieran sido muy diferentes para subrayar las emociones que la película desea evocar.

En materia actoral, Tye Sheridan yOlivia Cooke se prueban eficientes como pareja protagonista, más allá de que el guion no les da mucho con qué trabajar. Dicha eficiencia también aplica a Ben Mendelsohn, aunque por más dignidad que le aporte a su interpretación no puede evitar caer preso de las falencias ya presentes en el libreto. El único que consigue ir más allá de lo correcto es Mark Rylance, como el creador de OASIS, simplemente por tener su personaje una carne que al resto le falta.

Conclusión

Si bien consigue evocar el dinamismo característico del universo de los videojuegos y las referencias de diversos iconos le sacarán una sonrisa a más de uno, Ready Player One se queda a mitad de camino por no poner ese mismo empeño a la hora de desarrollar los personajes propios de su universo narrativo. Una cuestión acentuada también por un desenlace que extiende su bienvenida por unos 20 minutos.