Rams: la historia de dos hermanos y ocho ovejas

Crítica de Cristian A. Mangini - Fancinema

LINAJE DE SANGRE

Islandia no se caracteriza por presentar un clima amable, no sólo resulta impredecible sino que además su invierno es cruento y eterno. Por supuesto, se preguntaran qué diablos tiene que ver que uno hable del clima islandés en una crítica de cine, pero bien define el clima en los que el director Grimur Hakonarson nos somete para contar la conflictiva relación entre dos hermanos en una pequeña aldea rural de ese país. Fría, aguda y por momentos un tanto dispersa en algunas decisiones de puesta en escena, sin embargo Rams no deja de ser un relato con algunas analogías que bien definen al núcleo del film.

La historia de los dos hermanos, Gummi (Sigurður Sigurjónsson) y Kiddi (Theodór Júlíusson), empieza ilustrada de forma anecdótica por uno de los festivales del pueblo en el que se elige entre los carneros al que presenta mejores condiciones. La cuestión no es para nada fácil y Gummi pone su mayor esfuerzo a pesar de ser superado por su hermano en el certamen, situación que agudiza aún más los problemas que subyacen entre ambos. Respecto a esto la película astutamente no indaga demasiado en ello: se centra en los matices de la relación y alcanza para que comprendamos que es un vínculo prácticamente irreparable, en particular cuando Kiddi se dirige con una escopeta hacia la casa de Gummi por acusarlo de que uno de sus carneros tiene la temible “tembladera”, que llevaría a que los animales sean sacrificados. Eventualmente lo que parece una intuición termina confirmándose y los hermanos terminarán conformando una inesperada alianza para conservar a los últimos animales de una raza que han criado por décadas, evitando que sus animales sean sacrificados.

La puesta en escena es sobria, precisa, focalizada en el retrato de la cotidianeidad de estos personajes antes que en realzar el dramatismo con movimientos audaces de cámara. Esto no quita que no haya algunos planos largos memorables, como en el que Gummi toma un arma y ejecuta personalmente a uno de sus animales cuando se entera que es inevitable que sacrifiquen los animales en el pueblo. Sin embargo, convenientemente utiliza el punto de vista para llevarnos a los focos del conflicto de forma poco sutil, en particular hacia el desenlace, a veces eligiendo a Gummi y otros a Kiddi. Esto desnaturaliza el tono realista del relato, buscando el efectismo en un punto climático. No sucede esto con el tono sombrío y de epifanía que tiene el final, donde la necesidad de preservar los animales lleva a los hermanos a confrontar una situación imposible que los lleva a poner en peligro su propia preservación. Y aquí está la ironía y, si se quiere, donde aparece la cuota de fábula que sobrevuela el relato: la preservación del linaje, de la raza, los lleva a descuidar su propio vínculo y la propia permanencia de su familia, sólo dos tipos solitarios que no parecen ni tienen interés en un vínculo por fuera de esta tambaleante relación. El paisaje desolado del invierno islandés en el valle ilustra con ocasionales planos generales no sólo lo desolado del paisaje y las condiciones de vida, sino lo desolado y aislado que es el mundo en el que viven esos personajes. La cámara de Hakonarson sabe cómo dosificar esto ocasionalmente en el montaje.

Cruda y de un tono frío, aunque sin abandonar el sentido del humor por momentos (un humor bastante negro), el film logra contar un relato hermético más allá de alguna irregularidad en la forma en que está construido.