Puente de espías

Crítica de Ayelén Turzi - La cuarta pared

Hace ya 12 años de la recordada The Terminal, última colaboración entre el prócer Steven Spielberg y el no menos prócer Tom Hanks. Nominada al Oscar como Mejor Película, Puente de Espías tiene mucha expectativa puesta encima. ¿La cumple?
Tom Hanks es James Donovan, un abogado neoyorkino de seguros, que tiene que defender a un espía ruso (Rudolf Abel, en la piel de Mark Rylance) tan solo por la formalidad del sistema de justicia estadounidense: es una defensa que debe dar automáticamente por perdida. Pero Donovan es un humanista, que puede ver la persona detrás del espía: un simple ser humano que cumplía funciones y que, más allá que sus tareas durante la guerra hayan atentado de manera directa contra la patria estadounidense, no deja de merecer una defensa legítima, con su interés puesto en él como persona y no en dar una muestra de patriotismo. Donovan, más que a la patria, le juró lealtad a su tarea como abogado (necesitamos muchos como él, aquí y ahora, de verdad) y por eso pone su foco y su conciencia en estar defendiendo a una persona, no a una nación ni a una institución.
Es esa humanidad, y ese supuesto talento para tratar con los soviéticos, que le depara otra aventura a partir de la mitad de la película, más específicamente la misión que da nombre al filme: lo envían a la Unión Soviética para que coordine un intercambio de prisioneros de guerra (que sucede en un puente, claro).
Spielberg se luce enmarcando una historia individual, de un personaje con principios, valentía y convicciones, en medio de un hecho histórico reconocible, un hecho con tanta fuerza histórico-política que absolutamente cualquier individualidad queda opacada, olvidada, diluida. Y ahí está la mano del director haciendo lo que más sabe hacer: contar historias sobre personas.
Es más, a pesar de ser una historia situada en las décadas del '50 y el '60, al focalizarse en las personas y no en las circunstancias, Puente de Espías logra ser completamente actual: hoy pasa lo mismo con los terroristas, los prisioneros de guerra, los hackers: reciben condenas ejemplares en pos de defender el territorio, defender la patria, marcar terreno. Y es que en la condena de crímenes políticos, se busca más advertir a futuros criminales que castigar a los que están en el banquillo.
VEREDICTO: 9.0 - SPIELROCK IS BACK
Técnicamente perfecta (y sí, es Spielberg, chicos), sabe lograr momentos de suspenso, con pequeños toques de humor (indudablemente la mano de los hermanos Coen detrás del guión), y se convierte en una cinta profundamente emotiva. Porque no nos importa el contexto, la guerra, los buenos o los malos: lo repetimos una vez más, se trata de personas. E identificar al espectador con los personajes y atravesar a la par suya todas las emociones de una circunstancia extraordinaria es el mayor talento del director. Y a sus 68 años, sigue más vigente que nunca.