Policeman

Crítica de Gabriel Frenkel - Fancinema

A mitad de camino

Atención: se develan detalles argumentales.

Que una película del montón como Policeman se haya llevado el premio a la Mejor Película y al Mejor Director en la edición 2012 del BAFICI, y que haya recorrido con éxito otros festivales europeos, demuestra que cualquier film que critique a los israelíes y sus políticas seguramente contará, más allá de sus méritos artísticos, con el beneplácito de la crítica y de los siempre políticamente correctos jurados festivaleros.
En la primera mitad, conocemos a Yarón (qué fácil es ceder a la tentación de leer Sharon), líder de una unidad antiterrorista israelí que ejecuta con precisión quirúrgica a cualquiera que amenace al Estado judío, especialmente si son árabes. En el día a día de este escuadrón de elite, vemos que Yarón es una especie de macho alfa narcisista, machista y manipulador que hace que un compañero enfermo de cáncer cargue con una acusación de gatillo fácil que pesa sobre el grupo pues por su padecimiento no podría ser juzgado. Acertadamente, el director exhibe la camaradería que reina entre ellos con acciones y no con palabras cuando muestra los juegos basados en la fuerza física durante un día de campo, la mordida que da cada uno a un mismo durazno o cuando todos golpean a quien se atrevió a robar las flores de la tumba de un compañero.
La segunda parte pertenece a cuatro jóvenes revolucionarios de izquierda al estilo de Los edukadores que secuestran a un grupo de millonarios durante una boda para concientizar al resto de la comunidad acerca de la enorme brecha que separa a los ricos de los pobres, y es aquí donde el director arruina todo lo bueno de la primera mitad al querer equilibrar innecesariamente la balanza, pues los fanáticos son caracterizados como seres arrogantes, maniqueos y delirantes impidiendo cualquier tipo de empatía con ellos. Es decir que cuando el escuadrón encabezado por Yarón vaya a rescatar a los secuestrados y a eliminar a los secuestradores, tendremos un choque no de israelíes contra palestinos (son el gran fuera de campo) sino de israelíes contra israelíes tratando el director de decirnos de un modo extremadamente superficial y sin explicar los motivos, que la sociedad israelí es violenta y militarizada utilizando como metáfora la similitud de los métodos que utilizan tanto los que velan por la seguridad como los que tratan de quebrarla. Ejemplo de esta equiparación es cómo se vive el erotismo en ambos bandos pues cuando Yarón coquetea con una camarera, hace que esta acaricie su arma como una extensión de su pene y lo mismo sucede en el grupo radicalizado, cuando una de sus integrantes frota su revólver por el brazo de su líder en medio de una práctica de tiro.
Es una lástima que el director Nadav Lapid haya desperdiciado los aciertos del film al convertir a los personajes en meros vehículos de sus ideas y al mostrar una visión muy simplificada de la sociedad israelí, ignorando el particular contexto geopolítico en que esta se encuentra y favoreciendo las lecturas prejuiciosas y sesgadas acerca de tan compleja y convulsionada nación.