Plaza Paris

Crítica de Guillermo Colantonio - Fancinema

DOBLE VIDA

En Plaza París hay dos mujeres, dos historias, dos mundos sociales contrapuestos, pero también una película con dos partes. La primera se concentra en la relación de Gloria (excelente Grace Passo), una empleada que trabaja como ascensorista en una dependencia del Estado, y Camila, su terapeuta (la no demasiado convincente Joana de Verona). El consultorio es un espacio que traza un pacto de confidencia entre ambas y también el lugar donde se neutralizan las diferencias de clase. Siempre es más cómodo escuchar un relato, por más terrible que sea, a enfrentarse a la realidad propiamente dicha. Lucia Murat elige los planos cerrados en este primer segmento en el que se destaca la intimidad como sello y privilegia la fotogenia de las miradas de Gloria, cuyos ojos dicen mucho y uno sospecha que esconden tantas otras.

A ese consultorio se le suma otra geografía de encierro, la cárcel donde se encuentra Jonas, el hermano de Gloria, quien cumple una condena por matar al padre abusador en defensa de su hermana. Ambas instituciones comienzan a demostrar sus falencias y la directora las pone en evidencia con breves pinceladas donde el maltrato, la discriminación, la indiferencia y el fanatismo se presentan como signos fuertes de una sociedad camino al cadalso. El resultado inmediato es el miedo y la violencia. Cuando la película se abre a la realidad más allá de las cuatro paredes, Joana es incapaz de enfrentar el mundo de Gloria y es presa de una paranoia que la invita a alejarse del caso. Esta cuestión habilitará la trama de intriga, la más floja. Sin embargo, el inconveniente narrativo alimenta la máxima virtud de Murat, a saber, el hecho de meternos en una inquietud, en una plataforma de incertidumbre cuya atmósfera pesada se corresponde con la situación política actual de Brasil. Le bastan algunos planos para transmitirlo, y lo hace realmente bien. Y ese cuadro de inestabilidad se focaliza en este segundo tramo desde el punto de vista de la portuguesa blanca, una profesional que no podrá asimilar ese otro mundo que la desborda y al cual verá como amenaza. De este modo, se resquebraja su noviazgo con el argentino interpretado inverosímilmente por Marco Antonio Caponi, y su mundo personal y profesional comienzan a desmoronarse a medida que se agiganta la sensación de miedo que le provoca la imagen de Gloria y el poder del hermano preso.

Las películas son hijas de un contexto y, tal vez, en un futuro no muy lejano, esta historia de Murat pueda leerse como un síntoma político actual sin que ello desmerezca su poder cinematográfico, sobre todo en el armado de ciertos planos descriptivamente potentes para dar cuenta de una realidad “crónicamente inviable”, como sostuvo alguna vez un excéntrico compatriota llamado Sergio Bianchi.