Planta permanente

Crítica de Guillermo Colantonio - Funcinema

LA RABIA

Planta permanente de Ezequiel Radusky es una película hecha con la rabia que generó la actualidad política en nuestro país en los últimos cuatro años. Esa indignación se transforma en discurso antes que en cine y ese sea tal vez el principal inconveniente porque las ideas están por encima de cualquier otra cosa. Lamentablemente, la necesidad por gritar diatribas va en desmedro de las dos protagonistas, Lila y Marcela, empleadas que suman a su trabajo de limpieza en la dependencia, otro de carácter informal, precarizado, un comedor con el que satisfacen las demandas de los compañeros. Hay un registro por momentos que roza el documental, una interesante propuesta que se acerca al escenario en cuestión a través de diversos ángulos. Se trata de una manera de seguimiento que da cuenta de la estructura laberíntica del lugar, lleno de recovecos, y que las dos conocen a la perfección. En ese seguimiento se encuentra lo mejor de la película y en una trama que avanza fluidamente gracias a un montaje preciso. Claro está, no tardará en verse un progresivo proceso de reestructuración que atentará contra los principales valores de la clase trabajadora, provocando la disolución, la dispersión, el egoísmo e insertando la perversa lógica del mercado en sus frágiles vidas.

Todo cineasta se encuentra atravesado por su tiempo, sin embargo, muchas veces se produce un desequilibrio entre dos fuerzas que bien podrían remitir al mito del carro alado platónico. En este caso, la cosa sería entre el cine y la actualidad. Cuando el conductor se inclina hacia la última opción, sea por urgencia o por necesidad, la autonomía y la creatividad corren el riesgo de ahogarse en el discurso mediático, y caer en las mismas contradicciones que se critican intencionalmente. Pero la rabia, incluso, le juega en contra a la hora de construir los perfiles de las protagonistas o de dar cuenta del mundo laboral ante el embate neoliberal. ¿De qué modo puede entenderse si no el derrotero de Lila y Marcela ofendiéndose entre sí, contando plata o discutiendo porcentajes? Al final, no queda absolutamente nada, ni siquiera un ápice de dignidad en un tablero de roles más que de personajes con apariencia humana. En todo caso, nos queda esa última aparición de en pantalla de Rosario Bléfari. Una pena.

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