Pinocho

Crítica de Mariano Casas Di Nardo. - La Prensa

Si entre el amor y el odio hay solo un paso, entre la genialidad y lo absurdo se encuentra 'Pinocchio'. Es que el filme del director Matteo Garrone ('Gomorra', 2008), en general se desliza sobre escenas de una sensibilidad y estética asombrosas, interrumpidas por situaciones y personajes grotescos que rompen con toda la armonía. Como por ejemplo, la primera intervención de Pepito Grillo. Si se permite una comparación, es como recorrer una muestra de Picasso y cada tanto ver colgado un cuadro realizado por un niño de jardín de infantes. Así de chocante, así de inesperado, al menos las primeras veces.

'Pinocchio' nada tiene que ver con los tanques de Disney en Live Action. Aquí todo es artesanal. Los personajes, los escenarios, el vestuario, la iluminación. Todo sofisticadamente unido como para retratar una época. Y mucho tiene que ver en esto la inclusión de Roberto Benigni en el papel de Geppetto, quien nos convence de que no podría haber otro mejor.

UN CLASICO

Por momentos, 'Pinocchio' se vuelve un filme delicioso, de una fotografía increíble y una dulzura inédita para el cine de hoy. La música de Dario Marianelli también cumple su cometido y nos lleva por la historia con la misma nostalgia que Luis Bacalov logró con su banda de sonido en 'El cartero'.

Pasado el análisis, decimos que 'Pinocchio' cumple de manera ciega con el clásico de Carlo Collodi tantas veces visto, por lo que el factor sorpresa no es algo que se dé en ningún momento del filme. Por orden de aparición vemos llegar al villano Stromboli (delicado personaje del recordado Gigi Proietti), al gato y al lobo, al hada y al niño asno. Cada uno con su particularidad, mejor o peor realizado, más o menos villano, pero manteniendo la identidad y respetando la trama.

Sin un público bien identificado del otro lado, la película es más para los amantes del cine italiano y todo su melodrama, que para niños con intención de ir al cine a divertirse. Con `Pinocchio', Matteo Garrone vuelve a poner en la cima al Roberto Benigni que supo brillar en 'La vida es bella'.

Una película que si se hubiese estrenado en los años '90 sería una verdadera joya del cine; pero que hoy, con tanto vértigo visual y efectos especiales, queda atrapada más en un capricho que en una opción provechosa de la pantalla grande.

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