Philomena

Crítica de Fernando G. Varea - Espacio Cine

Melodrama suavizado

Después de adquirir experiencia en la televisión, Stephen Frears (1941, Leicester, Inglaterra) se ganó con Ropa limpia, negocios sucios (1985), Susurros en tus oídos (1987) y Sammy y Rosie van a la cama (1987) merecida fama de director desafiante, mostrando con causticidad una Inglaterra sucia, marginal, en la que ciertos actos de libertad o desobediencia se escapaban por los resquicios. Unos desmañados y muy jóvenes Daniel Day Lewis, Gary Oldman y Alfred Molina asomaban en estas películas incómodas, que removieron el avispero en los ’80. Al comenzar a trabajar con actores de Hollywood y otros presupuestos, Frears siguió dando muestras de sagacidad, sobre todo en tres producciones espléndidamente dirigidas y actuadas: Relaciones peligrosas (1988), Ambiciones prohibidas (1990) y El secreto de Mary Reilly (1996). El resto de su filmografía es indudablemente menor, incluyendo Alta fidelidad (2000) –aunque los espectadores de edades o gustos musicales similares a los de sus personajes la recuerden razonablemente con cariño– y la discreta La reina (2006).
Philomena es un melodrama con todas las de la ley (pulsiones reprimidas, dramáticas separaciones, secretos ocultos, revelaciones al final de la vida) suavizado con pinceladas de comedia.
Su protagonista es una señora sencilla, quien, después de cincuenta años, decide contar la historia de un hijo que tuvo en un convento y del que nada supo después (por qué resuelve revelar sorpresivamente ese misterio tras mantenerlo tanto tiempo escondido es algo que no se aclara). Basado en un caso real, el film permite conocer hechos que, de una u otra manera, tocaron a miembros de la Iglesia Católica, a algunos prominentes políticos estadounidenses e inclusive a una diva de Hollywood. El tono no es de denuncia, sin embargo: se trata, más bien, de una buddy movie, ese tipo de películas en las que dos personas de temperamentos diferentes deben enfrentar juntos diversas peripecias, ya que a Philomena (una querible y graciosa Judy Dench) se le suma un periodista que la acompaña en busca de aquel hijo (Steve Coogan, también co-guionista). No conviene contar aquí lo que irán descubriendo en el camino, pero se puede señalar que los ingredientes son lo suficientemente fuertes como para que, en algún momento, la editora del diario en el que se publicará la historia pueda relamerse.
Las imágenes en espejos deformantes de un parque de diversiones o los entrecortados registros en super 8 son buenas ideas a las que Frears recurre para trasladarnos a otros tiempos, aunque las sorpresas en Philomena son las derivadas de los recodos de la historia y no de su estilo narrativo o visual. Tiene, por otra parte, un final demasiado blando y algo concesivo, donde, al señalar qué fue de la vida de las personas retratadas en el film, se saltea información sobre los victimarios (insensibles monjas y curas irlandeses que parecen algo fuera de época, más por sus desplantes que por su manera de pensar).
Lo mejor y lo peor de Philomena es su falta de ambiciones y su clara intención de emocionar y divertir al espectador evitándole disgustos o complicaciones.