Pearl

Crítica de Daniel Núñez - A Sala Llena

PORNO Y TERROR: EL SEXO PRECEDIENDO A LA MUERTE

Corre el año 1918. La joven Pearl vive aislada en una granja en Texas con sus padres: su madre es una figura rectora, ultra conservadora y determinante, y su padre apenas puede hacer una expresión facial ya que por una enfermedad se encuentra postrado de pies a cabeza en una silla de ruedas. Pearl lidia diariamente con esa dura realidad, por lo que en su tiempo libre, o en medio de las tareas dentro de la granja, fantasea con ser una estrella de cine, intentando escapar de ese mundo monótono y triste, solitario y sin futuro. Está casada con Howard, que se encuentra batallando en las trincheras de la guerra, como muchos otros jóvenes estadounidenses.

En medio de una cotidianidad aniquiladora, Pearl conocerá a un joven y apuesto proyeccionista en el cine del pueblo, sintiendo una atracción instantánea, y a su vez, liberadora. Y esa sensación, siempre acompañada de una acción que rompe con lo reprimido, es parte medular dentro del relato de Ti West.

Todo en Pearl es una construcción de lo catártico, una necesaria cachetada liberadora sobre lo contenido, lo que no se dice, lo que se calla y se guarda. Es ese rodete que debe soltarse y dejar al cabello ser acariciado por el viento.

Por eso cada acción de Pearl es un acto de liberación absoluta en contra de un mundo que la aprisiona cada vez más y la lleva a un espiral de violencia, sangre y descontrol. Pearl, ante todo, siente que el cine es una meca de sueños que se cumplen, único escape a su alcance y tal vez el de otros cientos más. En medio de una guerra, de un país que cree en valores dominados por la iglesia, su ética y moral, y en consecuencia, una institución como la familiar, que carga una máscara la cual sostiene hasta las últimas consecuencias antes de que se revele su verdadero rostro.

Sin ir más lejos, el nombre de Pearl (Perla) puede asociarse justamente a algo que se haya encerrado en un caparazón, a la espera de ser liberada y admirada por su belleza. Pearl, por eso, fantasea constantemente con ello, y el joven proyeccionista es, tal vez, parte de un vehículo de escape hacia ese otro mundo tan anhelado, lejano y mágico: el mundo del cine, Hollywood. La meca de los sueños hechos realidad es la perfecta contraposición a ese mundo abatido que habita la jovencita, justamente situado en Texas, estado sureño que carga a sus espaldas el fracaso de la Guerra de Secesión y en donde las cicatrices de una sociedad que intenta recomponerse se ve reflejada en la familia de la protagonista (un padre derrotado y una madre que debe hacerse cargo de todo, una joven que representa la carga generacional de dicho fracaso). Desde la hermosa pintura creada por Grant Wood en 1930 hasta esta fecha, parte de la simbólica en el gótico americano y su tradición es justamente lo que yace oculto, lo que se esconde y no quiere (o no debe) ser mostrado. Ese nexo con lo “monstruoso” queda sintetizado en ese espeluznante y mortal cocodrilo que la joven Pearl tiene como mascota y alimenta en un pantano que se esconde tras su casa y que, sabemos, será una trampa mortal para algún desprevenido.

Para Pearl, entonces, el cine es su templo, una iglesia a la que con devoción intenta asistir cuantas veces puede y en donde deposita una fe sanadora y salvadora: lugar que guarda cierta familiaridad con la imaginería católica en la utilización de símbolos y metáforas visuales varias. El joven apuesto que proyecta las películas no es más que una especie de cura evangelizador que intenta abrirle los ojos, mostrarle una verdad. Por eso la invita a la sala de proyección: porque es desde ese lugar donde se proyecta esa especie de verdad absoluta, esa iluminación divina que Pearl ve con fascinación y admiración. En esas imágenes de gente bailando, ella ve el paraíso. Cuando cree haberlo visto todo, ante sus ojos se revela otra verdad, mucho más carnal y menos glamorosa: una cinta porno que el proyeccionista pasa sólo para ella y que es una nueva forma de crear estrellas de cine. Cuestión que une directamente y sirve como simetría del futuro capital del cine en X (2022), película predecesora dónde un grupo de realizadores en los 70 se adentra en la granja de la protagonista para hacer una película porno. West, entonces, reconcilia todo lo que el costado liberal conservador niega y que en el cine tabú se reproduce: el deseo carnal como fuerza, otra vez, liberadora para algunos y aberrante para otros; espejo del oscuro goticismo Americano vuelto símbolo y lectura de lo que debe permanecer oculto. No por nada expone a la protagonista a una incómoda pero necesaria escena donde se masturba escondida tras las altas cosechas y sobre un espantapájaros al que además, le roba un sombrero el cual utiliza para vestirse glamurosamente. Esos actos aparentemente impuros, enemigos de la figura castradora y religiosa de la madre, que es pura representación, son funcionales al discurso que une de forma directa y unívoca la mirada sobre el cine que West deposita en su predecesora (otra vez aclaramos, Pearl es la precuela de X): dos tipos de cine que la industria tiende a banalizar y crucificar, como es el porno y el terror, pero que son paradójicamente la piedra medular de su economía actualmente desde los años 70 y en adelante.

Por eso cuando Pearl decida revelarse en contra de los mandatos de su madre y de la cruz que carga en su hogar, lo hará de manera violenta, terrorífica como el género demanda y único recurso ante las doctrinas religiosas que vieron los ortodoxos desde la crucifixión de Jesús, una naturalización de la sangre y el dolor. Lo que lleva a la muchacha a destruir todo a su paso, casi como una Carrie White hundida en el gótico americano más salvaje y primitivo posible, llevando un vestido rojo sangre como marca: un vestido como el que fantaseaba Margaret White, de un color impuro, carnal y peligroso maldiciendo así a su hija a ser devorada por el mismísimo infierno de la venganza en aquella obra maestra de Brian De Palma. Porque en esa mirada sobre el cine que hace West halla además una autoconsciencia reparadora y, volvemos a lo mismo, liberadora: la de tomar un cine de horror clásico y perdido (Psycho, Carrie, Eaten Alive) casi como esas arcaicas imágenes que tanto admira Pearl y volverlas funcionales, recuperando formas y evitando así el olvido y su posterior sepulcro en lo estrictamente museístico y academicista. West mantiene vivo así una tradición, ademas de un nexo entre un tipo de cine (el horror) con otro no tan distinto (el porno) ya que en ambos lo corpóreo, a su vez que material, físico, se manifiesta como quiebre, ruptura de lo mundano (en el terror la muerte y en la pornografía el sexo: ambos unidos en el inconsciente de la psiquis humana). Por su parte, en el terror el sexo (eros) precede a la muerte (thanatos) como pulsión de vida, algo que no es ajeno en Pearl y en X. Más bien, en ambas películas ésta cuestión se manifiesta perfecta y equilibradamente (la utilización del espejo en el plano que abre X con el personaje de Maxine, devenida estrella porno, es ejemplo de ello ya que es reflejo del personaje de la anciana Pearl, ambos interpretados justamente por Mía Goth).

Por ello, la visión de Pearl es tan certera, orgánica y para nada disparatada: no juega a las cartas de la actual cultura progresista de lo políticamente correcto, se separa del ejercicio masturbatorio de la violencia gratuita sin visión del mundo que aqueja a mucho cine de terror actual y se afianza a una forma, ritualista, de un cine que parecía perdido y que un par de obras, como ésta, saben jugar. Todo sin ser pretenciosa pero arriesgándose a una ambición que el realizador jamás antes supo expresar.