Pasajeros

Crítica de Mariana Mactas - TN - Todo Noticias

Lanzada como uno de los tanques de las vacaciones navideñas, aunque el guión venía dando vueltas hace tiempo sin que los productores se decidieran, Pasajeros se inscribe en el género de ciencia ficción y soledad, en la línea de Moon, de Marte o hasta de 2001. Es evidente que encontrarse solo en el espacio exterior, flotando como en Gravedad o en una nave espacial vacía, es una situación bien atractiva para el cine.

En Pasajeros hay una nave de durmientes, un grupo de gente que, por distintos motivos, pagó para colonizar otra galaxia y viaja, en cápsulas de hibernación, hacia otro tiempo y lugar. Pero por algún tipo de falla técnica, la cápsula de Jim Preston -Chris Pratt- se abre y el tipo se despierta. Décadas antes de lo previsto. Así que está completamente solo, deambulando por la nave en silencio, sin siquiera acceso a las zonas vip, porque al parecer pagó un boleto turista. Pratt “pilotea” solo una buena primera parte de la película, y tiene el talento y la sutileza suficientes como para transmitir la paulatina semi locura a la que la soledad extrema puede llevar a un ser humano. Se pelea con las máquinas hasta que encuentra una humanoide, el barman Arthur (Michael Sheen), que por algún motivo es lo único que parece funcionar como si nada, sirviendo martinis a pedido y dando amable conversación.

La aparición, finalmente, de Aurora -Jennifer Lawrence-, cambiará el tono existencialista de la película por el de una historia de amor. Son dos personajes atrapados en los fríos y lujosos escenarios de la nave durmiente. Son un bache tecnológico, una anomalía, de la que nace una relación tierna y romántica, humanísima. Como bien apuntaba el crítico Leonardo D’Espósito, el personaje de Lawrence se llama Aurora como la bella durmiente de Disney, y no es la única referencia al cuento de hadas que podrán encontrar en Pasajeros los espectadores -ejem-, despiertos.

También habrá otras derivaciones, hacia el cine de acción espacial, en el espacio exterior a lo Gravedad y frente a peligros importantes. Si todo esto suena un poco a disparate es porque lo es, una indefinición (de géneros, de estilo) que desconcierta. Pero con el aporte de sus buenos y casi únicos actores, Pasajeros ciertamente no aburre, lo cual es aún más sorprendente. Hay cuestiones filosóficas y morales que la película toca, abre, pero no termina de profundizar, amén de una resolución que parece decidida a las apuradas. Es probable que en manos de otro director el mismo material podría haber tenido un vigor y una fuerza que a Pasajeros lamentablemente le faltan. Aún así, no es la mala película que la crítica estadounidense dice. Y ver juntos a sus actores, acaso los más poderosos jóvenes talentos del cine americano de hoy, tiene gracia. Química, que le dicen.