Parker

Crítica de Ezequiel Boetti - Página 12

La constante vacilación de un thriller

Quien haya visto Los indestructibles dirá que ambos films sirvieron de plataforma para el regreso a la picota hollywoodense de varias glorias caídas en de-suso después de la era Reagan y los primeros noventa (Dolph Lundgren, Eric Roberts, Chuck Norris). Pero una lectura entre líneas volvía el asunto mucho más simbólico y crepuscular, con aquel grupo pasándole la posta de ese cine físico y eminentemente muscular a un heredero capaz de cargar sobre su espalda la entera responsabilidad de mantenerlo vigente. Y el flamante monarca era, claro, Jason Statham, ubicado para nada casualmente como copiloto de Sylvester Stallone en el avión de la troupe. Películas como El transportador, El mecánico, El código del miedo o la desquiciada Crank (sobre todo la uno) mostraron que el pelado estaba a priori a la altura de las circunstancias. O al menos parecía estarlo, ya que ahora se despacha con un producto menor en su carrera como es Parker. Thriller en vacilación constante entre jugarse con todo al humor negro, la grasada o la acción física, el film la pifia feo haciéndole perder tiempo a Statham dando vueltas por la lujosa Palm Beach en un auto ídem en lugar de ponerlo a hacer lo que mejor sabe. O sea, a tirar piñas y patadas.

El británico es aquí el hombre de apellido homónimo al título, a quien en los primeros minutos se lo ve disfrazado de cura para robar la recaudación de un parque de diversiones junto a un grupo de ladrones. Grupo que no está del todo dispuesto a darle su tajada del botín, tomando la rápida decisión de eliminarlo. Aunque si eso ocurriera no habría película, por lo que está claro que Parker sobrevivirá a los balazos con el único fin de recuperar lo suyo. Y si además se carga a los malos, mejor. La búsqueda lo lleva hasta las playas de Florida, donde se hace pasar por un millonario... ecuatoriano. Un par de circunstancias fortuitas lo llevan hasta Leslie (Jennifer López), agente de bienes raíces recientemente divorciada que no tardará en echarle un ojo al visitante, además de una mano en su cacería.

No bien leyó la ficha técnica, este cronista se preguntó qué podía salir de la conjunción entre un actor de pura fibra, J-LO y una dupla creativa con cierto “prestigio” en Hollywood como la del guionista John McLaughlin (El cisne negro) y el director Taylor Hackford (Ray). La respuesta encontrada en la pantalla grande es una historia irregular e intrascendente, híbrido entre un policial adocenado y berreta –no es casual la presencia de un especialista en la materia como supo ser Nick Nolte, aquí casi albino de tan canoso– y una de acción, que sin embargo falla en ambas vertientes. En la primera, porque el film nunca se decide a liberarse a la diversión de saberse anacrónico. Falta de autoconciencia, podría decirse. En la otra, porque Hackford está empecinado en visibilizar su mano en cada una de las esporádicas peleas de Statham, alguien de probados parlamentos para bancársela solito y sin ayuda de un montaje frenético. Sería un buen ejercicio pensar qué hubiera sido de Parker con el estilo más ascético y menos invasivo de La traición, donde Steven Soderbergh caía rendido ante la fisicidad de la actriz y ex luchadora Gia Carano poniendo la cámara a su servicio y no al revés.