Parasite

Crítica de Luciano Mezher - Visión del cine

Después de ganar en el Festival de Cannes la Palma de Oro y cosechar varios premios en las recientes entregas, llega a los cines de Argentina el film coreano Parasite de Bong Joon Ho.
La historia de Parasite nos presenta a dos familias. Por un lado, una de clase media baja integrada por el padre, la madre y sus hijos adolescentes. El hijo mayor, Gi Woo, empieza a dar clases particulares en casa de una familia acaudalada y ve la posibilidad de darle trabajo a cada uno de sus parientes (sin mencionar que lo son y mintiendo sobre su experiencia). De esta manera comienzan a manipular a la familia rica y tratan de conseguir los empleos. De ahí la película escala a otros misterios y cuestiones que tienen que ver con quién tiene el control de cada situación.

Bong Joon Ho vuelve a presentar una historia sobre división de clases (ya lo había hecho en Snowpiercer basado en la novela gráfica del mismo título). Como gran parte del cine coreano de los últimos años los géneros se mezclan en una cinta que conjuga el drama y la comedia, dos cánones separados en los guiones más comunes pero que, hábilmente, se fusionan en Parasite.

El argumento lleva al espectador y a los protagonistas de la mano en una espiral que los hace descender en esta lucha de clases donde presenta los miedos y deseos de cualquier ser humano que puede aspirar a ser más de lo que es.

Desde el punto de vista técnico, Parasite hace uso de la intrincada construcción de la casa principal para crear el ambiente para que todos los personajes pueden entrar en cuadro haciendo diversas cosas. Las edificaciones, las calles, las viviendas en sótanos, remarcan a trazo grueso la temática social que presenta el film. Un ejemplo también de esto es el descenso de los personajes en las calles inundadas con planos largos, una cámara que continúa descendiendo junto a ellos y un golpe de realidad que los vuelve a poner en su sitio.

Toda la película tiene un ritmo controlado pero hay que hablar del montaje en dos escenas que son más emblemáticas. Una colaboración entre Bong Joon Ho, el encargado de la edición Jinmo Yang (con quien ya había trabajado en Okja) y la banda sonora a cargo de Jaeil Jung (también se suma una parte de la ópera Rodelinda de Georg Friedrich Händel). Esta conjunción de artes marca en escenas de pocos minutos una serie de situaciones que escalan la tensión y que son, en gran parte, los detonantes de las consecuencias que llevan a la conclusión del film.