Parasite

Crítica de Gastón Dufour - Cinergia

El espacio como metáfora social

Para ser justos y estar a tono con la película que nos trae aquí, voy a ir desgranando mis sensaciones al respecto yendo fuerte, al hueso. No se cuántos de quienes hablan hoy, a partir del estreno de Parasite (la película de Bong Joon-ho que viene ganando premio tras premio, festival tras festival, y que tiene seis nominaciones al Oscar) saben cómo se siente encontrase privado de cosas mínimas aunque sea de manera temporal, saberse necesitado y no poseer lo suficiente para hacer frente a alguna que otra cuestión básica sabe siquiera de cerca de qué se trata esa sensación.

Dada la vehemencia con la que hablan de ello, pareciera otra cosa más que la que se ve en la realidad. La tan mentada agenda mediática no es solamente medios que evitan hablar de los problemas que nos atañen como sociedad, o instalar otros un poco idiotas, menores, de manera burda, para no hablar de las cuestiones necesarias; también es hacer uso y abuso de esos temas sensibles y de los que es necesario ocuparse, haciéndolo adrede de manera idiota, maniquea, cuando ya el agua servida no se puede contener más y arrastre las pocas pertenencias y llegue al cuello; entonces ahí sí, el tema de la semana llegará ocupándolo todo porque ya es irremediable, pero se va a contar adaptado para que pase y a la semana siguiente ya nadie lo recuerde, tomados por la indignación pasajera que luego se ocupará de darnos un nuevo objeto de preocupación tratado livianamente para que no podamos profundizar lo suficiente y gritemos nuestra opinión en la redes como energúmenos.

Todo este preámbulo es necesario, según creo, para ayudar a entender la temática que la película aborda desde un ángulo de drama angustiante y comedia negra, con práctico equilibrio entre ambas. Alguna vez, un creador cuyo nombre y ocasión debo admitir no recordar pero se me quedó grabado en algún lugar de una memoria cada día más frágil (no todo es posible obtener a un clic de búsqueda de Google) dijo que la construcción de una obra artística deja, queriendo o sin quererlo, no nos engañemos, un mensaje para quienes serán espectadores de ella; para el autor, simplemente es una experiencia creativa a la que hay que dejar libre, mientras ve, a lo lejos, cómo se transforma a través de las sensaciones de quien se torna en un constructor sutil, un “dador” inesperado pero no tanto, a través de la percepción de su realidad y la de otros que lo realimentan, modificando lo que ve, dándole un toque final, cerrando el mensaje. Un mensaje que a veces se vuelve tranquilidad de conciencia.

Y eso es lo que pasa con Parasite; es, justamente, un mensaje sencillo, una pintura certera, una demostración directa aunque tal vez un poco maleable, sin estridencias ni críticas demasiado marcadas sobre el deseo de obtener cosas, status, ser más, alimentado en varias tipos de formas de sociedad y modos de vida o de gobiernos diferentes, y la sensación de no poder alcanzar ese lugar en que la comodidad y la tranquilidad se acomodan en el sofá de tienda de diseño en el que las penas y el vacío se esconderán mientras se come lo mejor o se usa la última novedad tecnológica, desapegados del mundo real. Un mundo real cada vez más lejano, al que algunos a veces nos aferramos usando algunos pocos recuerdos que se escurren entre nuestros dedos como arena, mientras vemos como para algunos no significan nada. Ese mensaje ya no es del creador, ya no pertenece ni a él ni a nadie, aunque los galardones lluevan a su nombre; porque los retratados en la historia que cuenta, la de estos desposeídos que se miran en el espejo de los ricos a los que quieren parecerse (los extremos se tocan, de modo que, aunque ninguno de ellos lo sepa, se parecen bastante ya) es deglutida por la comodidad interpretativa y se sube a la agenda de “lo que hay que hablar”. Ya no es posible esconderlo. Es el mensaje que no está bueno que se sepa. Tomemos ese mensaje que no se puede ocultar y hagamos un engrudo que luego no sirva para unir nada. Que el status quo no se toque.

Luego, bueno; si seguimos desarmando la estructura, podemos ver cómo el director coloca a sus personajes enfrentados de manera armónica, en una especie de ballet macabro que no muestra su horror hasta que no es necesario; es oportuno, inteligente, sabe cómo armar la idea. Tal vez, dada la tradición de la producción audiovisual surcoreana, Parasite resalte por la diferenciación en cierto armado de lo que se desea contar a través de las herramientas estilísticas, sin perder por ello de manera absoluta la identidad desde la que proviene. Y es como esos golpes de efecto que llegan en el momento justo y ponen ciertas cuestiones en el tapete, pero los dejan flotando a la deriva hasta que desaparecen. Hay que ver si esa era solamente la pretensión. Es necesario saber si calará más hondo en nosotros, si algo se modificará, si será algo más que premios o si simplemente certificará que aún soy (somos) entes naif; si dejaremos de masticar una idea sensible que rápidamente el monstruo del que formamos parte va convirtiendo ante nuestros ojos en una caricatura pasajera, o en una serie, o en una colección de pinturas cuya interpretación se puede adaptar a lo que el espectador necesite creer, (o sea necesario para quien desgrana dicha interpretación) tal como las pinturas de Da-Song, el niño caprichoso con el miedo latente a aquello que no se ve.

Parasite es una película técnicamente correcta, con algunos puntos ingeniosos, drama y comedia negra en dosis balanceadas adecuadamente, que roza el gore emocional (y no tanto) si nos ponemos finos, y deja a disposición del monstruo dinámico social que retrata la digestión del mensaje.