Paddington

Crítica de Alejandro Franco - Arlequin

Paddington es un oso parlante protagonista de una larga serie de libros infantiles escritos por el inglés Michael Bond, los cuales comenzaron a publicarse desde 1958. Debido a su gran repercusión, Paddington terminó por convertirse en una franquicia, generando tres series animadas producidas entre los años 90 y el nuevo milenio, amén de toneladas de merchandising y subproductos derivados. Pronto quedó en evidencia que era material óptimo para la pantalla grande, especialmente en estos momentos en donde los cuentos infantiles se han puesto de moda - ya sea en versiones ingenuas, adultas, oscuras o como desconstrucciones / reconstrucciones al estilo de Maléfica, y las series televisivas Once Upon a Time y Grimm - y han probado ser extremadamente redituables. Ciertamente Paddington no entra en el terreno de la fantasía sino que hace las veces de alegoría edulcorada, muy en la onda de Babe, el Chanchito Valiente y, especialmente, Stuart Little.

Es precisamente con Stuart Little con quien tiene mas puntos en común. Paddington es un oso parlante pero su presencia no sorprende a nadie, incluso en la ultraurbanizada Londres del siglo XXI. Uno podría asumir que se trata de la sicosis e indiferencia propia de las grandes ciudades - tipo Nueva York, en donde a nadie le importa nada (salvo su propia rutina) y cualquiera puede andar por la calle vestido de cualquier cosa sin que llame la atención de alguien -, pero pronto queda en evidencia que la imagen del oso parlante tiene otro sentido. Si en Stuart Little el ratoncito era la alegoría de adoptar a un diferente - un chico discapacitado o con algún retraso, o alguien de otra raza -, Paddington es la versión metafórica del inmigrante del tercer mundo. Es distinto al inglés promedio, igual de civilizado y, sobre todo, es un ingenuo que se sorprende con las maravillas del mundo moderno. La actitud de Sally Hawkins no difiere demasiado de la de Sandra Bullock en The Blind Side: ella es una protectora nata e inmediatamente guarece a este individuo desvalido con el cual se ha cruzado en una estación de tren. Posee una familia amorosa aunque ligeramente disfuncional, y pronto la interacción con el oso terminará por convertirlos en mejores personas.

Uno de los mejores aspectos de Paddington es su emotividad. Los textos de Michael Bond están plagados de matices autobiográficos y que apelan a la memoria emocional inglesa - esa de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial en donde la gente era solidaria, y en donde una multitud de extraños (viviendo en pueblos alejados del epicentro de los bombardeos nazis) se ofrecía a cuidar y a proteger a los niños de las familias de las grandes ciudades -. Paddington utiliza el mismo método - un niño en una estación de tren con una etiqueta de cartón en el cuello conteniendo sus datos; la cita de la tía Lucy "esta nación ha sabido cuidar a los suyos en momentos difíciles y no creo que se hayan olvidado de ayudar a uno de los suyos cuando lo precisa" - y el destino termina por recompensarlo. Tal como Forrest Gump, los inocentes tienen un angel aparte y Paddington pronto se topa con una familia compuesta por deliciosos personajes - madre caritativa, padre gruñón pero querible, hija tímida e inteligente, hijo nerd -, los cuales empiezan su propio proceso de sanitización ante la presencia de la criatura. Lo mejor de todo es que, en vez de ser un coro de fondo, cada uno de ellos tiene un momento de lucimiento orquestado de manera brillante - y si bien todos son formidables, quien se destaca por lejos es Hugh Bonneville (Downton Abbey), quien irradia bondad pura mientras demuestra tener un timing comico impecable -, cortando el edulcoramiento natural del relato con gags realmente logrados. Hasta la desabrida Nicole Kidman tiene su cuota de maldades festejables.

La gracia de Paddington es ver a un tipo querible suelto en un mundo desconocido, y repleto de personas con buena voluntad que quieren ayudarlo. En el medio hay bastante comedia slapstick - como para inyectarle algo de acción - que, sorprendentemente, resultan ser efectiva. La historia no es demasiado compleja y en realidad es un pretexto para conocer estos caracteres y dejar que interactúen entre ellos. Y lo que al principio parece excéntrico después se vuelve adorable por un buen manejo de tonos, sumado al virtuosismo visual del director Paul King, quien crea secuencias realmente inspiradas - como convertir mágicamente a la casa de muñecas de la chica Brown en una versión miniaturizada de la propia casa, pudiendo seguir la acción de cada uno de los integrantes de la familia en cada cuarto como si fueran viñetas de un comic; o la conversión de un tren de juguete en un flashback que remonta al pasado de uno de los protagonistas, a los duros tiempos de la guerra -. Todo esto convierte a un filme de apariencia desnatada en una experiencia deliciosa, sorprendente y mucho mas inteligente que lo que uno podría esperar, desbordando de ángel en cada una de las líneas de un libreto realmente inspirado. Ojalá hagan una segunda parte porque esa sí sería una secuela esperada y una que vería con muchísimo gusto.