Ouija

Crítica de Héctor Hochman - El rincón del cinéfilo

A esta altura de las circunstancias con el sólo fin de poder analizar un filme, y sobre todo de género como éste, prima lo que presenta y cómo está representado, digamos aquellos elementos que configuran el lenguaje del cine, y no por la utilización de los elementos inherentes a éste tipo de producciones.

Para ello uno debería poder abstraerse totalmente de su bagaje cinematográfico, claro que eso es tan difícil como conseguir el salariazo prometido por Carlos I de Añillaco, allá por 1989.

Se sabe que el cine de terror es ya un valor agregado y en aumento dentro de la industria Hollywoodense actual, es lo que se conoce como de rápida recuperación de lo invertido, pues son de bajo presupuesto económico, acompañado de manera directamente proporcional a una ausencia total de ideas nuevas.

Esta ocurrencia (de alguna forma hay que denominarla) devenida en película tiene su origen en el muy vendido juego de mesa de la empresa Hasbro (¿se le puede llamar best seller?), la Ouija, y la responsabilidad recayó en el ex director de efectos especiales Stiles White devenido en guionista con “The Possession, el origen del mal” (2012),y aquí en la doble función.

La historia se centra en un grupo de adolescentes que terminan por enfrentarse a una aterradora realidad, instalándolos en una prueba de supervivencia. Inmediatamente después de que su amiga de la infancia Laine Morris (Olivia Cooke) se ha suicidado en circunstancias poco claras, Sarah Morris (Ana Coto) promueve e insta a sus amigos a investigar la muerte de su amiga del alma, lo que terminara por ser una carnicería (y no estoy haciendo alusión al apellido de la actriz).

En una sesión de espiritismo con la famosa tableta descubren que con quien hicieron contacto no es Laine, sino un malvado ente, fantasma, un alma en busca de venganza, cualquiera le cabe, mire, oscuro por donde se lo mire, que al principio no se distingue, y eso es bueno, pero luego cuando se lo percibe mueve a risa.

Así es todo en ésta producción audiovisual, en la que el sonido es la gran estrella encargada de producir sobresaltos en el espectador, más por los exabruptos sonoros que por el diseño de la banda de sonido.

Estructurada de manera clásica, termina por ser un gran catalogo de lugares comunes ya vistos infinidad de veces, lo que lo instala como exageradamente predictible. Para colmo de males, un montaje acorde y un trabajo de fotografía que tienen menos apetencias que una marmota en invierno.

Si bien no termina de aburrir, los 89 minutos de duración aportan lo suyo para que eso ocurra, lo que sucede es que al finalizar la proyección uno se siente hueco, pues fue atravesado por un sinfín de imágenes y sonidos de lo que nada es rescatable, posiblemente, y como excepción, la belleza y la actuación de los protagonistas, más por lo primero, todos jóvenes agraciados, salvo el personaje de tez oscura, pero ese muere rápidamente.