Otra condena

Crítica de Guillermo Colantonio - Funcinema

LA POSIBILIDAD DE UNA ISLA

Podría escribirse un libro (de un volumen considerable) sobre la cantidad de películas documentales cuyo marco lo constituyen las cárceles en la Argentina. Podría inferirse también cuántas de ellas caen en una tendencia visible. La misma, heredada de las peores ficciones televisivas, consiste en disfrazar un supuesto objeto de interés con un mecanismo recurrente, el que el cineasta, poeta y filósofo César González ha denominado atinadamente como fetichismo de la marginalidad, esa tentación permanente por regodearse con las desgracias sin comprender en absoluto la realidad social e institucional de quienes se habla. Muchas veces, este tipo de acercamiento parte de intenciones nobles, pero termina incurriendo en la insistencia y se transforma en un eslabón más de una trampa: hablar de quienes están privados de su libertad desde una zona de confort saludable para espacios académicos, o saciar el incesante deseo de revolver en la basura ajena para conformar una industria de entretenimiento.

Afortunadamente, hay excepciones. Juan Manuel Repetto, el director de Otra condena, lo sabe y toma decisiones al respecto. Seguramente conoce la dinámica perversa de los sistemas de reclusión en la Argentina y no necesita repetirlo, entonces busca otra cosa. Y esa otra cosa es “la posibilidad de una isla”, un lugar diferente en el corazón de Buenos Aires donde hay gente que trabaja para que haya esperanza y reinserción, una cárcel pero con espíritu de contención. Puede parecer un milagro, pero existe y es bueno que se vea. Allí conviven jóvenes de 16 a 18 años que provienen de verdaderos infiernos, y son acompañados por adultos profesionales que ofrecen su voluntad y su corazón para que trabajen en comunidad y puedan alcanzar el anhelo de salir en libertad. Por una vez, la policía no es la protagonista. No obstante, acá nadie vende gato por liebre. Pese a todo, pese a que prácticamente no hay guardias ni represión, algunos planos con candados y rejas dan cuenta (para que no olvidemos) de que hay un espacio en el que permanecer obligatoriamente.

Dentro de este honesto seguimiento cuyo registro no se mueve más allá de la vertiente clásica del documental de observación, hay una distancia justa y un justo corte en aquellos momentos donde las emociones pueden pasar al terreno de la manipulación. En un segmento, los chicos asumen el rol de víctimas y victimarios como parte de una terapia. Cuando la carga afectiva de esas historias comienza a invadir el terreno de la privacidad, el director se corre en un gesto que lo distingue de la exacerbación reinante. Y no se trata de hacer más o menos soportable lo que se dice o se muestra a las conciencias bien pensantes, sino escoger un modo de registro que mantenga respeto, inquietud y mire desde un lugar ajeno (y no con careta progresista). Seguramente hubo durante el rodaje discusiones, peleas, altercados. Pero quien quiera chupar la sangre, tiene otras películas, o los noticieros.

La película monta, en su afán por trazar un espíritu colectivo, la historia que va desde aquellos que ingresan y son recibidos por sus nuevos compañeros, pasando por la adaptación y la relación con los adultos, y la libertad de uno de ellos, sin que ello garantice necesariamente un final cerrado con moño. El afuera, testimonia un joven que intenta reinsertarse, es muy difícil y la tentación de recaer muy fácil. Es parte de la honestidad del punto de vista. Repetto incluye un plano en el que los chicos miran un canal que narra espectacularmente una detención. Dura unos segundos, pero sus intenciones son perdurables. Es lo que se ve. Donde otros habrían incurrido en el morbo del espejo o alguna otra metáfora barata, acá es parte de la vida. Y eso incluye no cortar si los pibes se ríen porque los filman. Una vez más, más allá de los méritos o las debilidades cinematográficas, prevalece la sinceridad por construir una mirada propia, con un valor diferencial ante tanta manipulación reinante.