Oculus

Crítica de Matías Gelpi - Fancinema

Fórmulas repetidas, pero eficaces

Mike Flanagan viene de dirigir Ausencia, una película de tan bajo presupuesto como calidad, que por alguna razón fue bastante defendida por buena parte de la crítica. Me tocó escribir la reseña de aquel film, que no lograba sobreponerse a los escollos de su factura independiente, aburría de lo lindo y tenía unas actuaciones tan artificiales que molestaban la concentración. Pero en el año del mejor mundial que me ha tocado vivir, Flanagan planta el equipo y se aparece con la que quizás sea una de las mejores películas de terror que se vayan a estrenar en este periodo. El cine de terror (por lo menos el que se estrena aquí en las salas masivas) se mueve como un péndulo por tendencias, fórmulas y subgéneros hasta que no dan más de sí y luego vuelve a empezar. En ese movimiento cada tanto aparece algún exponente interesante como Oculus.
Este film es otro más de casas, o mejor, objetos embrujados, en este caso, un espejo. Acá podríamos referirnos a Borges y demás sarasa acerca de los espejos, los tigres y los laberintos, pero mejor sigamos. Flanagan hace bien en ocuparse del guión, la dirección y el montaje, porque logra un resultado orgánico y prolijo. La historia transcurre en un presente que poco a poco es invadido por un traumático pasado, luego se equiparan y finalmente el pasado invade definitivamente la vida de los personajes. En el medio se permite el tiempo para reflexionar acerca del recuerdo, de cómo reconstruimos lo que nos ha pasado y cómo descartamos y editamos los detalles que terminan siendo los más importantes. Obviamente todo esto abordado superficialmente aunque con criterio y respetuoso de la inteligencia del espectador. Por suerte el truco le sale bien a Flanagan, ya que la cuestión de los recuerdos hace avanzar al guión y de pasada desorienta. Porque, claro, Oculus nos engaña para que su final sea más o menos sorpresivo o no lo podamos inferir durante el metraje; aunque lo interesante es que nos engaña desde la empatía con los personajes y no por algún giro en el aire sacado de la galera. Ellos no saben qué pasa, nosotros tampoco.
Hay fórmulas repetidas por supuesto, como utilizar la tecnología para desenmascarar a fantasmas y demonios (en este caso tecnología Apple, ya que se encarga de mostrarnos la manzanita a cada rato) pero son justificadas y si hay algo que Oculus no hace, y se agradece, es apelar al susto repentino injustificado para tapar la falta de climas. A medida que el film avanza, nos encontramos con atmósferas cada vez más asfixiantes y el miedo que se genera es del genuino, el de la incertidumbre, el del descontrol y la indefensión.
Hay que recordar que Dolina dice en Bar del infierno algo así como que el infierno debe de ser imperfecto, debe permitir ciertas cantidades de esperanza en sus habitantes para ser verdaderamente monstruoso. Es lo que hace el torturador y también el espejo de Oculus, que nos distrae un momento para que creamos que el mal se puede vencer, para que al final nos demos cuenta, con creces, que es imposible.