Necronomicon

Crítica de Ayelén Turzi - Cinergia

El peor de los miedos es el miedo a lo desconocido

El cine de terror en Argentina está pasando por un excelente momento. Luciferina (Gonzalo Calzada), Aterrados (Demian Rugna) y Los olvidados (Hnos. Onetti), estrenos de este año, suben muchísimo la vara y demuestran al espectador que recuperar la confianza en el cine nacional de género es una buena elección. En este contexto, Necronomicón, de Marcelo Schapces, lamentablemente, se queda un paso atrás.

La directora de la Biblioteca nacional, interpretada por Cecilia Rosetto, le encarga al bibliotecario Luis Abramovich (Diego Velazquez) que ingrese a un sector subterráneo del edificio, descubierto tras la caída de una pared, que se encuentra inundado, para relevar qué libros pueden rescatarse. A la vez que su hermana paralítica Judith (Maria Laura Cali) es poseída por una extraña entidad, se termina convirtiendo en el nuevo guardián del Necronomicon, un libro que, de caer en manos equivocadas, ocasionaría desastres quizás peores que el apocalipsis.

Completan el abanico de personajes Victoria Maurette, quien le revela a Abramovich algunos secretos sobre el recién fallecido Dieter (un Federico Luppi reconstruido con CGI, por más loco que suene), anterior cuidador del libro, y Baxter, su librero amigo, que sabe más de lo que le dice, interpretado por Daniel Fanego.

La principal característica de Abramovich es que está bastante perdido con la vida en general: repite de modo insistente que no entiende lo que le están diciendo. Esta desconexión de la realidad lo acercaría a una especie de antihéroe, pero la cualidad está tan subrayada que exaspera, asemejándolo más a una caricatura. Nosotros como espectadores nos identificamos con él por sentirnos de la misma manera en diferentes momentos: apariciones de personajes (de carne y hueso o en 3D), cambios de rumbo en los planes e incluso escenas de acción nos hacen perder el hilo conductor de la trama.

Otro punto que nos distrae es la propuesta visual de VFX no realistas: maneja un código más de cine de nicho y no tanto de propuesta comercial. El problema con esta estética es que el espectador medio suele catalogarlos de “truchos” o “berretas” y es incluso capaz de abandonar la sala a mitad del visionado.

El lector de Lovecraft va a saber encontrar algunas de sus criaturas y personajes típicos, enmarcados en un clima de ahogo general de una Buenos Aires oscura que soporta una tormenta hace ya varios días. Temáticamente las intenciones de la película son excelentes: es novedosa, atrevida, y se mete de lleno en el universo lovecraftiano con conocimiento de causa. Pero la forma, tanto a nivel guion como visual, atrasa un poco.