Mujercitas

Crítica de Marina Locatelli - A Sala Llena

Sororidad

Hay libros que son una salvación; libros que rescatan, libros que resguardan. Eso fue para mí Mujercitas. Fue el libro que nos leía mi mamá a mi hermana y a mí antes de dormir, a razón de un capítulo por noche. Fue el libro que me impulsó a aprender a leer aún antes de empezar la primaria para poder devorar sola, sin ayuda, a él y a todas sus secuelas: Las mujercitas se casan (en la edición de la Biblioteca Billiken, la roja, la segunda parte del libro venía separada en otro tomo bajo este título), Hombrecitos y Los muchachos de Jo. Fue el libro que me salvó del aburrimiento de las largas siestas de verano en un pueblo demasiado pequeño para su propio bien y de las invernales y mudas noches en las que la antena del televisor no lograba captar señal alguna. De su vanguardismo y de su perspectiva feminista, poco sabía en aquella época, pero su sudor revolucionario transpiraba de sus páginas y se dejaba adivinar, aunque solo fuera inconscientemente. Todas queríamos ser Jo; todas queríamos esa libertad y esa rebeldía profundas, auténticas, esas que no se consiguen con declaraciones rimbombantes. No hay nada original en mi vínculo con Louisa May Alcott y sus creaciones; en esto imposible es pretender exclusividad alguna porque se trata de una obra, como no tantas otras, que ha estrechado fuertes lazos con sus lectores desde su primera publicación allá, en 1868. Bien sabe al respecto Greta Gerwig, responsable de la nueva adaptación cinematográfica, quien ha comentado su conexión desde la infancia con Mujercitas y la necesidad de reivindicarla como una pieza fundamental en la construcción del feminismo contemporáneo.

Para contar una vez más la historia de las cuatro hermanas March, la directora de Lady Bird (2017) no tuvo remilgos a la hora de manipular el material y tomó un par de decisiones que hicieron de esta una transposición de la novela, aunque no sin defectos, memorable. El primer acierto consiste en que el casting posee una gran solidez. Saoirse Ronan en la piel de la escritora en ciernes, Josephine March, –a quien Gerwig aquí decidió mostrarla abiertamente como la doble de Alcott– tiene la frescura y el dinamismo necesarios para ese personaje y está a la altura de algunas de sus predecesoras más notables: Katharine Hepburn, en la película de Cuckor, y Winona Ryder, en la de Gillian Armstrong (y quizás también Maya Hawke, la hija de Uma y Ethan, a pesar del nivel pobrísimo de la miniserie de 2017).

Sin embargo, en esta versión quien refulge es Florence Pugh pues logró sacar el máximo provecho de un rol muchas veces desaprovechado. Su Amy, la menor de las hermanas, la más vanidosa pero también la más realista, es un personaje complejo, agudo, que en esta oportunidad esgrime los mejores parlamentos. Si bien su voz grave no se ajustó del todo a la Amy niña, Pugh (hay que seguir de cerca el futuro de esta actriz) pudo sacar a relucir todo el potencial del personaje que aparece en los libros pero que en versiones anteriores había sido desperdiciado, favoreciendo casi únicamente el perfil “bello” de Amy. De los demás actores, Laura Dern como la icónica madre nunca desentona y Louis Garrel es menos fiel al profesor Bhaer de la novela pero mucho, mucho, más atractivo. Por su parte, Timothée Chalamet como Teddy, el vecino y hermano putativo, tiene en contra el buen recuerdo que dejó Christian Bale en ese papel. A pesar de ello, su interpretación es verosímil aunque, por momentos, un poco arriba del justo medio. Lo contrario sucede con Emma Watson en su rol de Meg, la hermana mayor, medida y conciliadora: la antigua Hermione Granger tiene más fama que oficio y aquí, aunque discreta, parece un poco abajo del justo medio en comparación con el resto del elenco.

Para no hablar del hermoso vestuario, de un colorido otoñal, –que se merece el Oscar al que está nominado–, otro acierto de Gerwig fue no reverenciar la fuente y tratar de darle su propia impronta a la versión. Para ello no respetó fielmente el texto original y buceó entre la correspondencia y demás escritos de Alcott para subrayar la veta feminista de la autora. No recuerdo en el libro el parlamento de Amy sobre el matrimonio como transacción financiera para la mujer pero, en todo caso, si no está escrito tal como se representa en la película tampoco traiciona el espíritu de la novela. El problema (si en realidad es un problema) es que algunas veces ciertos diálogos suenan a bajada de línea, a un subrayado innecesario. Un ejemplo de esto resulta la escena en la que Jo le comenta a su madre que está cansada de que le digan que solo sirve para ser esposa. Se trata de una escena que desde su puesta y desde la marcación de las actrices está volcada a estresar el dramatismo mientras que el tono general del film lejos se encuentra del melodrama. No sé, hay algo allí de tufillo oportunista, de didactismo molesto. El libro de por sí es profundamente feminista, no necesita ser resaltado, y cuando uno intenta ser explicativo por demás, la que pierde es la sutileza.

Entre los aciertos también se halla la autoconsciencia narrativa que, presente ya en la novela de Alcott, toma aquí derivas interesantes. La primera parte del libro –o el primer libro, según la edición que se tenga– finaliza dirigiéndose directamente al lector, marcándole que dependerá del beneplácito de él si la historia de las cuatro hermanas continúa. En Mujercitas, la película, la directora nos muestra en las primeras imágenes del film a la Josephine March autora, a punto de entrar al despacho del editor literario. Momentos más tarde, vemos la portada del libro y luego, otra vez, a Jo, pero esta vez como personaje de su propio libro. Entonces, la metatextualidad se desplaza de la ficción a la ficción dentro de la ficción, de la Jo personaje de la película a Jo personaje del libro dentro de la película. Entonces, el film se vuelve, al mismo tiempo, un comentario del libro y de sus condiciones de producción al momento la primera publicación en el siglo XIX, y también un comentario sobre la película misma y sobre las condiciones de producción actuales. En este sentido es paradigmática en su autoconsciencia fílmica la secuencia de comedia romántica, con todos sus rasgos retóricos exacerbados, que recrea el capítulo titulado “Bajo el paraguas”.

Por último, y quizás la más importante, la decisión de no respetar el desarrollo cronológico de la novela y, en cambio, planificar toda la película como un vaivén temporal distingue esta adaptación de todas las demás. La historia se empieza a narrar desde la segunda parte del libro, con Jo en Nueva York y Amy en Europa, ambas lejos del hogar familiar. Situado allí, el relato tanto progresa en la historia de las cuatro hermanas como vuelve atrás, flashbacks mediantes, para contar Mujercitas desde su inicio. Como si fuese una gran ola que avanza y retrocede sobre la playa, así el relato viaja del presente al pasado y, en su marcha, en la disposición de los acontecimientos, pone en estrecha relación secuencias de distintos tiempos cronológicos pero que comparten muchas características. Con este movimiento también se logra que ciertos momentos se plasmen con una mayor carga emotiva (para la platea hay más de un lagrimeo en el camino). Al inicio de esta danza, sin confiar plenamente en las capacidades de los espectadores, debieron poner leyendas explicativas del tipo “aquí tal año”, “aquí tantos años antes”; señalamientos que, a decir verdad, no aclaraban nada que no se pudiera deducir con facilidad por el contexto, la escenografía, el vestuario y los peinados. Luego, esta voluntad explicativa fue menguando y el relato comenzó así a fluir, diáfano, entre los diferentes tiempos, lo que redundó en una película dinámica, rítmica. El gran logro de la película es sin dudas este montaje.

Tal vez, las cuestiones que molestan del film no sean más que nimiedades y, en comparación, sus puntos fuertes son muchos. Greta Gerwig logró filmar una historia que habla tanto de Alcott como de ella misma. Y no solo esto. Tanto libro como película son las obras de mujeres, que hablan de otras mujeres para otras mujeres. Si usted quiere saber lo que es la verdadera sororidad, vea –y lea– Mujercitas.