Muerte en Buenos Aires

Crítica de Paula Caffaro - CineramaPlus+

CRIMEN GLAM

Muerte en Buenos Aires, la opera prima de Natalia Meta, transcurre en los extravagantes años ochenta. Entre luces de neón intermitentes y una agitada vida nocturna, la película recupera aquellos años dorados de la escena underground porteña.

En un filme donde nunca es de día, el homicidio de un acaudalado empresario pone en evidencia el trabajo diario de una central de policía que, a pesar los cortes de luz programados y la mediocre distribución jerárquica, lleva adelante la resolución de un nuevo caso. Todo comienza a partir del hallazgo del cuerpo, cuerpo que en un silencio infinito ha dejado más de una incógnita.

El relato pretende guiar el foco de atención hacía la intriga de develar la identidad del asesino pero el verdadero eje temático no recae en aquel acertijo sino en la extraña relación de un policía novato (Chino Darín) y su jefe (Demian Bichir). Por momentos exagerada y por otros desdibujada, la interacción de estos dos personajes es la columna vertebral de la trama.

La siempre excitante figura del recién iniciado versus la experimentada vida de un policía que bordea la locura, presentan una especie de placer anticipado. No sólo porque conforman un binomio laboral asimétrico sino porque también son los protagonistas de un amor prohibido. Al menos para los cánones imperantes de aquella década.

Si bien lo hasta aquí señalado podría presentar un escenario alentador, la magia inicial va en franco deterioro. Todo aquello que los primeros quince minutos de metraje nos promete, pronto se va diluyendo hasta desaparecer. Mareados por la cocaína, los números de baile en Manila y los excesos de la nocturnidad, el filme se vuelve un objeto más preocupado por la estética que por el guión.

Claro está que la presencia de una imagen fotográfica y artística bien definida hace a la calidad del producto final, pero los extremos son peligrosos y en Muerte en Buenos Aires el acabado bonito ha opacado el drama. En raudo vuelo superficial por temas como la falsificación de obras de arte o el narcotráfico, el filme parece perder cada vez más el rumbo. Tambaleando al borde del abismo “zigzagea” errante en una estructura narrativa que le queda grande.

Por Paula Caffaro
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