Mortal Kombat

Crítica de Rodrigo Seijas - Funcinema

CON LAS PELEAS NO ALCANZA

La película de Mortal Kombat dirigida por Paul W.S. Anderson en los noventa es una de las pocas adaptaciones cinematográficas de un videojuego que ha resistido el paso del tiempo. Pero lo hizo como una especie de objeto de culto, que se reivindica como una especie de placer entre culpable e infantil, ambas expresiones bastante feas. Incluso se recuerda más su tema musical que las peleas y ni hablar de los personajes y la historia, que apenas si se sostenían. Lo que sí tenía ese film era una tenue pero saludable autoconsciencia del disparate que contaba, aunque ni les llegaba a los talones a la bella locura desatada que era Street fighter, la última batalla. Esta reversión se suponía que venía a ajustar algunas tuercas en relación con su predecesora, aunque se queda mayormente en insinuaciones.

El film de Simon McQuoid toma como protagonista principal a Cole Young (Lewis Tan), un luchador que tuvo su momento de gloria pero que actualmente está caratulado como un perdedor nato. Sin embargo, descubre que es una especie de elegido del destino para luchar en un torneo en el que se decide el destino de la Tierra: si los luchadores de nuestro planeta pierden una vez más, otro universo llamado Outworld nos invadirá con sus fuerzas siniestras. O sea, básicamente la misma historia que la antecesora, con apenas ligeras variantes que están dadas, principalmente por el lado de la violencia: allí se detecta la mayor fidelidad a la franquicia de videojuegos, con un despliegue de sangre y tripas -además de insultos varios- que no le teme a lo paródico.

Pero hay otra lucha en Mortal Kombat, que está dada por el tono que manejan los personajes y que a su vez le imprimen a la película. Si, por un lado, el personaje de Kano (Josh Lawson) es una máquina de tirar chistes -varios de ellos dan en el blanco-, el de Liu Kang (Ludi Lin) es una máquina de explicar con tono ceremonioso todo lo que pasa. Del mismo modo, si el personaje de Sonya Blade (Jessica McNamee) se va armando desde sus acciones, aunque en varios pasajes quede casi fuera de la narración; el de Lord Raiden (Tadanobu Asano) es una especie de maestro ciruela sin el menor carisma. En el medio, el guión pretende construir un relato de aprendizaje y descubrimiento de los poderes interiores que rara vez se aparta de los lugares comunes ya vistos, mientras suma distintas subtramas que no llegan a desarrollarse de forma potente.

Es que en Mortal Kombat no hay realmente personajes, sino una acumulación de estereotipos que funcionan apropiadamente solo cuando la narración le imprime movimiento a lo que está contando. De hecho, el guión de Greg Russo y Dave Callaham tiene una llamativa cantidad de cabos sueltos para la cantidad de explicaciones que despliega. Por eso el refugio para el film terminan siendo las escenas de pelea, donde muestra bastante inventiva en algunas coreografías y una fisicidad ciertamente efectiva en su diálogo con la estética de los videojuegos. Sin embargo, no hay mucho más y nunca llega a ser relevante lo que les sucede a los protagonistas, por más que cada una de sus historias incluyan tragedias, venganzas y autosuperación. Mortal Kombat deja las puertas abiertas a una secuela con un guiño explícito para los fans, porque más recursos no tiene y lo que ofrece es apenas discreto.