Moonfall

Crítica de Lucas Soto - Cinescondite

Vuelven los tsunamis más lindos del cine

Roland Emmerich (Independence Day, 2012) una vez más quiere destruir al planeta Tierra,

¿De qué va? Tras una anomalía alienígena que corre de curso el trayecto de la Luna, dos astronautas que comparten un pasado y un aficionado a la ciencia deberán esquivar catástrofes naturales para salvar a la Tierra.

Me acuerdo de ver centenares de veces por la tele a aquel lagarto radiactivo que rompía edificios con su gran cola y comía montañas de pescado con su trompa prominente. Me acuerdo de ver como Will Smith trompeaba a un alienígena que tenía mas tentáculos que cabeza en el medio del desierto, mientras Jeff Goldblum tiraba un chiste casual, y de cómo un padre que buscaba la redención se estrellaba de lleno en el núcleo de una madre nodriza. De vez en cuando se me viene a la cabeza la imagen de Benjamin Martin quemando los soldaditos de plomo de su hijo asesinado, para así convertirlos en balas que definirían la guerra de una época. Cada vez que veo fotos de edificios congelados no puedo evitar pensar en la Nueva York de El Día después de Mañana, aquel páramo blanco, lleno de peligros que ponen a prueba a un muy joven Jake Gyllenhaal que debe hacer las paces con su padre.

Si digo que no fui a ver varias veces las escenas catastróficas que se producían gracias a un cambio climático inminente estaría mintiendo. Terremotos que abrían en dos ciudades enteras y tsunamis que llegaban hasta el Himalaya no eran suficientes para frenar a un padre que tan solo buscaba hacer las cosas bien.

Todos estos momentos que se impregnaron en nuestro inconsciente tanto cinematográfico como colectivo son producto de un señor, y un equipo de producción masivo, que decidió contarnos historias simplísimas con un despliegue que va más allá de la imaginación, llevando así al cine catástrofe a otro nivel. Este enorme sujeto es Roland Emmerich, y por más que tenga algún que otro error en su carrera, eso no lo priva de volver con su nueva obra, Moonfall, en dónde agarra un poco de todos estos condimentos grandilocuentes para llevarnos por un viaje que roza el suelo terrestre, la estratosfera y el infinito espacio.

En esta nueva entrega, la aventura nos lleva a los confines del planeta, en dónde nuestro satélite natural toma un giro inesperado. La última frase es literal, porque gracias a un suceso que fue negado por la NASA y dejó en la calle al astronauta Brian Harper (Patrick Wilson), la Luna se corre de su orbita original, generando que esta impacte contra la Tierra en tan solo unas semanas. Es así que la antigua compañera de Harper, Jo (Halle Berry), contactará a su viejo amigo para una última aventura intergaláctica.

Pero el planeta no es lo único que se desmorona muy lentamente, también lo hacen sus vidas personales. Harper apenas habla con su hijo Sonny (Charlie Plummer), que acaba de terminar preso, no tiene para pagar la casa y da charlas a nenes en convenciones. Por otro lado, Jo debe lidiar con la burocracia de la NASA mientras intenta convencer a su ex esposo para conseguir más tiempo y así salvar su tesoro más preciado, su hijo. Entre estos dos profesionales está KC Houseman (John Bradley), un fanático aficionado a la astronomía y los alienígenas que nunca fue escuchado, pero ahora logra hacer el descubrimiento que podrá darle a su planeta una segunda oportunidad.

Es así que Emmerich logra, una vez más, posicionarnos en personajes que tienen problemas tan terrenales como los nuestros. Sujetos que pueden ser científicos excepcionales, pero que en su rutina son tan ordinarios como nosotros, hasta que una nueva oportunidad de redención se presenta. Acá es dónde vemos el germen tanto de este film como de sus restantes obras, cuya honestidad bruta y melosa se corre de lo pretencioso para darnos aventuras tan pochocleras como inolvidables.

Una vez que comprendemos que todas estas travesías tratan sobre reparar vínculos y alcanzar una revelación suspendida, los caminos que nuestros personajes recorren a través de océanos tumultuosos y tornados furiosos, ya sea para salvar a los suyos como al planeta, no son más que pasos desesperados para sobrevivir a una catástrofe que pone en peligro lo más deseados para ellos: poder transformarse como personas, para así recibir nuevamente el amor de los suyos.
De esta forma, como imagen metafórica de un mundo interior que venía en picada hace tiempo, nuestros actuantes podrán sacrificarse para salvar a sus hijos, cruzar planicies heladas para abrazarlos y acariciar la superficie de la Luna para comprender que perdimos, y qué queda por ganar.

Moonfall no es la excepción a la regla y no solo se encarga de darnos un drama familiar cómodo pero efectivo, sino que nos regala un viaje inter dimensional que roza las preguntas existenciales que el mismo Roland busca responderse en sus trabajos: ¿Quiénes somos? ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Por qué peleamos por aquellos que amamos?

Sin buscar trascender o siquiera cambiar un paradigma ya establecido, Moonfall es la sci-fi catastrófica ideal para sentarse al borde del asiento y así disfrutar de las imágenes más calamitosas y, por ende, más espectaculares que este género puede ofrecer.
Te extrañábamos, Roland.