Monsieur & Madame Adelman

Crítica de Juan Cruz Bergondi - EscribiendoCine

Peras por manzanas

La relación entre dos franceses durante casi medio siglo es la premisa de Monsieur & Madame Adelman (Mr & Mme Adelman, 2017), una película donde sobra la vanidad y el amor brilla por su ausencia.

Uno tiende a participar de lo imaginario. La dinámica de la ficción, como juego de cartas, exige un ida y vuelta entre las partes. Hay estrategias y, dependiendo de lo que se enseñe sobre el tapete, el espectador puede completar los vacíos, poner todo de sí para iluminar lo que permanece oculto. De ahí que un personaje pueda despertar enojos, simpatía o hasta fanatismo: a partir de ciertas coordenadas –el quién, cómo y dónde del sujeto, lo que acciona y su recorrido- se construye la prótesis que le permite al espectador sentir como siente el personaje, por qué lo hizo, cuáles fueron sus motivos. En definitiva: imaginar. No es el caso de Monsieur & Madame Adelman.

La película narra cuatro décadas en la vida de Sarah Adelman (Doria Tellier) y Victor de Richemont (Nicolas Bedos, actor y director) que van desde que los dos jóvenes franceses con sueños, pretensiones y muy distintos pasados familiares se conocen a principios de los setenta hasta su vejez, la muerte y el horror. Estructurada en capítulos, sigue un orden cronológico a la vez que grafica el paso de los años. Victor adoptará el apellido –judío- de Sarah, se convertirá en un escritor reconocido y en un hombre insufrible –aunque uno puede dudar de que el director así lo haya querido. Sarah, por su parte, vivirá a la sombra de su marido y terminará por sacrificar algo más que su individualidad: el brillo que tiene en un principio se apaga de a poco –lo mismo que el guión, en caso de coincidir en que ahí hubo brillo alguna vez.

Cuesta imaginar personajes por los que el espectador pueda sentir menos simpatía: tan llenos de estupidez, soberbia y crueldad. Y es curioso, porque la película no apela a un código de incorrección política –por más que ese terreno de un tiempo a esta parte lo haya conquistado el progresismo, y hay que decir que al progresismo aquí se le dedica durante la proyección algo más que un guiño. De Chéjov para acá la exposición del lado menos amable de un personaje es condición y motivo de alegría. Ahora bien, en la obra del dramaturgo, como en la pila de obras que siguieron su ejemplo, no faltaba nunca humanidad. Victor y Sarah están envueltos en una trama que los pinta siempre egoístas –donde los insultos y la discriminación se regalan a cambio de nada y sin por qué. Aunque lo peor aparece cuando hacia el final se intente insertar por todos los medios la expiación, como si todos los viejitos merecieran ir al cielo. Nunca hubo amor en aquel círculo. Es sabido –y no está mal: sería bueno hacerse cargo.

Con una lista profusa de escritores y de obras, referencias al cine de Woody Allen o al de Paul Thomas Anderson –por algunos recurrentes movimentos de cámara-, la película de Nicolas Bedos tropieza con cada lugar común que puede: el psicoanálisis y las madres, la exclusividad de ser judío, qué significa ser un francés de izquierda. La dirección de arte –hay que decirlo- es impecable y tiene un lugar fundamental en el desarrollo de la historia. En medio de este lío, los vaivenes políticos salpican la trama –pero salpican nomás: no mojan en serio. A mitad de camino entre una comedia romántica y la apropiación autoral de ciertos tópicos, la película sufre de una notable falta de carisma. No se trata de moralidad, sino de querer vender peras por manzanas. Amores los hay sádicos, los hay destructivos y dolorosos pero humanos siempre. El resto –lo chic, lo cool y la impostura- dura lo que tarda uno en olvidarse de un chiste malo.

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