Mongol

Crítica de Emiliano Román - A Sala Llena

Mongol es una ambiciosa película épica rusa, que no tiene nada que envidiarle a muchas producciones estadounidenses del mismo género. Relata la vida de los primeros años de Temudgin, ese hombre que la historia mundial recuerda como Genghis Khan, fundador del gran imperio Mongol, que dominó el mundo durante gran parte del siglo XIII.

El relato abarca desde su primera infancia hasta que se establece como el líder carismático, que luego buscará la unificación de los mongoles y así extender el imperio más extenso geográficamente que ha conocido la humanidad. Temudgin es hijo de Yesugei, jefe de un poderoso clan, quien tenía bastantes enemigos, de hecho lo terminan envenenando, dejando a su familia diezmada, a la intemperie y sin ningún tipo de protección, excepto cierta ley que prohibía matar a los niños, aunque el pequeño, ya tenía el juramento que cuando crezca iba a ser asesinado por el máximo enemigo de su padre.

A partir de allí se ve como este niño, luego hombre, adquiere el más poderoso instinto de supervivencia, no sólo por las condiciones climáticas adversas y geografías extremadamente peligrosas, sino también por los distintos clanes que buscan aniquilar la herencia de Yesugei. Durante la infancia Temudgin establecerá dos vínculos que marcarán su destino para siempre, uno es Borte, su esposa elegida cuando él aún tenía corta edad y no sólo fue la principal motivación para sobrevivir, sino también una gran consejera, reforzando aquel famoso dicho: “detrás de un gran hombre hay una gran mujer”; y el otro fue Jamukha, un niño que le salva la vida, forjando una amistad en la cual hacen un pacto de hermandad que luego sería su principal aliado pero también su más poderoso y respetado enemigo.

Confieso que siempre me atrajeron las películas biográficas, porque además de asistir al verdadero placer de ver cine, el plus viene con una cátedra de historia, que en lo personal me convoca a seguir investigando la cuestión, pero a menudo este tipo de personajes devoran por completo la objetividad del cineasta, lo mismo le suele pasar a los historiadores, y se termina reduciendo una figura tan polémica a un imaginario sobreidealizado de la persona o a su polo contrario con una devastadora crítica del sujeto abordado. Por eso rescato lo hecho por Oliver Hirschbiegel en La Caída, quien supo retratar de manera brillante, el costado humano de ese monstruo que encarnó lo más monstruoso de lo humano (Hitler).

Genghis Khan se caracteriza por ser una de las personalidades más polémicas y enigmáticas de la historia mundial. En Mongol, vemos a un gran estratega pero que aparece como una especie de Mesías, quien está lleno de valores, respeta los códigos y la legalidad de la palabra, con una ética intachable y sobretodo un hombre enamorado de su causa y de su mujer, no hay ambiciones de poder más allá de unir y preservar a los mongoles de enemigos externos. Pero se sabe que una vez instalado el imperio Mongol, una de sus estrategias para avanzar sobre sus rivales fue usar el terror psicológico, realizando masacres masivas en poblaciones para luego exhibirlas y generar el espanto generalizado.

En este punto de fascinación del director por el conquistador es donde la película decae, la estructura narrativa se centra en la historia de amor y en todas las habilidades de este buen hombre para librarse del mal, así la trama por momentos se hace interminable y hasta casi predecible, hay un circuito de atraparlo, escaparse y redimirse que se repite unas cuantas veces.

La dirección artística, merece un párrafo aparte, es lo mejor del film, las escenas de las batallas son coreográficas, con una tonalidad de color que impregnan a la obra de una belleza singular, la fotografía, los planos de los escenarios naturales y los distintos climas que tiene que atravesar Temudgin para sobrevivir le brindan al relato los momentos de mayor calidad. Los trabajos interpretativos son buenos, en especial la dupla que hacen Tadanobu Asano (Zatoichi) y Honglei Sun (El Camino a Casa) como esos hermanos y rivales.

Asistimos a una muestra de una buena película épica, proveniente de un país como Rusia, Sergei Bodrov utiliza su mirada de artista para brindarnos lindas imágenes, cuya estética nos podría remitir, por momentos, al mejor del cine oriental, aunque su admiración total por el personaje nos prive de encontrarnos con la otra faceta de un conquistador histórico, que es su ambición desmedida de poder y las contradicciones internas que tiene cualquier existencia humana.