Mommy

Crítica de Alejandro Lingenti - La Nación

Provocadora y obsesiva.

Con apenas 26 años, Dolan ha logrado afinar su estilo, consolidar sus convicciones, afirmar una personalidad artística y conseguir un rendimiento superlativo de los actores que elige.

Todo esto se comprueba en Mommy, donde se narra la vida de Steve, un joven que sufre, y cómo, los vaivenes de un trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Dolan inventa una polémica ley para la Canadá de su ficción (se les permite a los padres que lo deseen ceder al Estado toda la responsabilidad de la educación y la atención médica y psíquica de sus hijos) y escoge un formato inusual (1:1, que configura la pantalla como una especie de teléfono celular gigante colocado en posición vertical) para, según sus propias palabras, simbolizar la opresión en la que vive el protagonista.

Las dos decisiones encuadran perfectamente en su habitual plan de provocaciones. Programático y obsesivo, Dolan también se encarga en sus películas de la edición y el vestuario. Y siempre sabe cómo llamar la atención: con el argumento, el formato de proyección o la utilización de la música para crear escenas que, sin despegarse completamente de la trama, ganan en belleza y autonomía (en Mommy, la aparición de "Wonderwall", clásico de Oasis, es formidable). Para cuidar, y más de una vez acompañar, los desbordes de Steve, estará Die, la mamá del título, una mujer llena de fortalezas y fragilidades que intenta ostensiblemente rebelarse ante el paso del tiempo y la molicie de los mandatos sociales. "Yo cada vez te querré más y vos cada día me querrás menos. Es una ley de la vida", le dice Die a su hijo, capaz de oscilar entre una cándida interpretación de un tema de Andrea Bocelli en un karaoke y los arrebatos de furia más insospechados. Cuando la disolución entre ellos parece inevitable, entra en escena una mujer tímida pero de enorme templanza que, al menos por un breve período, transformará en una modesta pero entrañable fiesta a esa casa dominada por la sucesión de conflictos rabiosos e intempestivos. Los momentos en los que las relaciones de ese anómalo triángulo parecen estar en armonía despiden una luminosidad que tiñe todo el paisaje.