Mi mejor amigo

Crítica de Ricardo Ottone - Subjetiva

La primera escena nos ubica en las duchas colectivas de un internado. Los niños se bañan de a tres en cubículos. Algunos se pelean por el espacio y el agua, y el celador/profesor los castiga obligándolos a bañarse con agua fría. Esta será la primera de las varias humillaciones y maltratos de los cuales seremos testigos, y la que va a desencadenar toda una cadena de acontecimientos. Memo, uno de los chicos castigados, al otro día no se siente bien y no puede levantarse de la cama. Al rato ni siquiera puede hablar ni moverse. Yusuf, su amigo y compañero de cuarto, lo lleva a la rastra a la enfermería donde el encargado de la misma lo recuesta y le da una medicación, pero está claro que Memo está mal y la única posibilidad de hacer algo es llevarlo a un hospital. El problema es que el internado se encuentra aislado en las montañas, rodeado de nieve y con temperaturas bajo cero.

A partir de entonces, la misión de sacar a Memo de allí, o de que alguien venga a buscarlo, se transforma en una odisea a la que empiezan a sumarse profesores, conserjes y director del establecimiento. Y Yusuf, como una suerte de mensajero y guardián, yendo y viniendo y siendo testigo de la impotencia e inutilidad de los adultos mientras su amigo yace inconsciente en una camilla a la espera de una solución que parece cada vez más lejana.

La película del realizador turco Ferit Karahan transcurre en el periodo de tiempo limitado de una noche y buena parte del día siguiente, en los límites de este internado para niños kurdos ubicado en la parte oriental del país y con una premisa argumental también acotada. Sin embargo, en su transcurso va mostrando que tiene más complejidades que las que insinúa de arranque.

Al principio nos encontramos con un despliegue de maltratos y arbitrariedades que implican en parte una dosis de crueldad y que hacen pensar en los célebres orfanatos dickensianos. Pero sobre todo lo que se observa en este trato naturalizado es una rigidez que roza la irracionalidad. Tanto el director como los profesores/celadores (no parece haber límites precisos en la función) parecen conducirse de esa manera no tanto por alguna maldad intrínseca, sino como una manera de disimular sus propias carencias.

Distribuyen castigos y sobreactúan su autoridad como una forma de enmascarar la precariedad con la que tiene que arreglárselas. Una precariedad que se evidencia cuando sucede un episodio como el de un niño gravemente enfermo, que demuestra que ante aquello inesperado ese sistema rígido no tiene respuesta y solo puede dar vueltas tirando manotazos.

El film es por momentos (intencionalmente) exasperante en su continuo andar en círculos, en las respuestas inadecuadas de las autoridades, más preocupadas por pasarse la responsabilidad y distribuir culpas, en la permanente imposibilidad cuya obligada referencia es el relato kafkiano. Recuerda también a un film como La noche del Sr Lazarescu y su crítica despiadada a un sistema irracional e inútil que se lleva a la gente puesta. Pero sobre todo la referencia de fondo podría estar en el cine de los Dardenne, en su sequedad, su ascetismo, su puesta naturalista, su cámara inquieta que sigue a Yusuf de la misma manera insistente que la de los hermanos belgas.

Karahan, quien pasó su infancia en un internado, echa mano a esta anécdota aparentemente sencilla para dar cuenta sin declararlo de algo más estructural. Tanto en lo que hace a ese régimen semi militar, que exalta el patriotismo y la disciplina pero en donde las cosas se caen a pedazos, y también en lo que hace al trato hacia los kurdos, un pueblo históricamente reprimido tanto en Turquía como en otros países de la región y cuya opresión se reproduce aquí a escala.

El realizador toca estos tópicos duros, pero no lo hace de manera sensacionalista ni apelando a un tono sensiblero. Por el contrario, se maneja entre un registro de observación, algo de relato detectivesco y cierto sentido del humor que se cuela en medio de la catástrofe cotidiana. Por ejemplo en el continuo resbalar en el hielo de los que entran a la enfermería o en la invariable sentencia de cada uno que lo registra de que el chico enfermo “no tiene fiebre”, repetida hasta quedar vaciada. El hecho mismo, en fin, de que una tarea aparentemente tan sencilla se vuelva una misión imposible. Una forma, entonces, de hacer más digerible en forma de comedia ahogada lo que se revela como una tragedia ridícula.

MI MEJOR AMIGO
Okul Tıraşı. Turquía, 2021.
Dirección: Ferit Karahan. Intérpretes: Samet Yildiz, Ekin Koç, Mahir Ipek, Melih Selcuk, Cansu Firinci, Nurullah Alaca. Guión: Gülistan Acet, Ferit Karahan. Fototgrafía: Türksoy Gölebeyi. Edición: Ferit Karahan, Hayedeh Safiyari, Sercan Sezgin. Diseño de Producción: Tolunay Türköz . Dirección de Arte: Serkan Dögücü. 85 minutos.