Metegol

Crítica de Pablo Martinez - La mirada indiscreta

¡Hay equipo!

En el cine hay dos formas de recibir una película: como un estreno o como un acontecimiento. Metegol, la nueva película de Jota-Jota Campanella, está lejos de ser una más en la historia del séptimo arte argentino, por su costosa producción ($22.000.000), así que se inscribe más como un hecho sin precedentes que –esperemos- marcará un puntapié inicial para escalar posiciones en la tabla del mercado y (permítanme una alusión futbolera más) pasar a jugar en la “A”.

El director ganador del Oscar por El Secreto de sus Ojos pone todas las piezas en su lugar con una historia muy bien contada, hecha para todo público y de una factura técnica impresionante. La película es un triunfo desde el comienzo, con el homenaje a Stanley Kubrick, hasta los créditos finales musicalizados por Calle 13. Llena de gags muy bien puestos dentro de una estructura narrativa que, excesos más excesos menos, nunca se cae, esta historia animada va tomando forma épica a medida que se construye el relato central: un muchacho de pueblo que la tiene muy clara con el metegol y debe reunir al equipo para un gran reto personal, que termina significando mucho para todos aquellos que lo rodean.

Los personajes están muy bien construidos, cada uno delineado de una forma que logra empatía con el espectador, algo muy propio de un director que siempre se sintió cómodo armando un mundo en torno a un grupo de seres humanos que tienen objetivos en común. Campanella en sus películas siempre gusta de contar historias que son simples y hasta un poco superficiales, pero siempre mostrando que tiene muchísimo tacto para narrar todo con una calidad impecable, dándole credibilidad a todos los elementos. Ahora le toca dar vida a muñecos de metal, claramente inspirado en piezas clásicas de Disney, pero manteniendo una marca regional que va desde modos de hablar de los actores hasta la musicalización rioplatense. Es difícil que el público no empatice con lo que propone J.J. con estos simpáticos jugadores miniatura.

También está su toque autoral: el amor dentro de la amistad, la pasión por una comunidad y las motivaciones humanas, todo dentro de una atmósfera de costumbrismo especialidad de la casa. Sólo que esta vez Campanella se anima a un poco más y brinda una cuota de magia que la película precisa para conectar con el público más joven. Ojo, eso para nada deja afuera a los más grandes. Hay para todos. Y tampoco deja afuera ciertas críticas a la generación actual, con sus imposibilidades para comunicarse y sentir más dentro de la parafernalia tecnológica.

Así como el padre no le puede contar a su hijo esta gran historia hasta que este último no esté preparado para imaginar, de la misma forma Campanella no podía hacer Metegol hasta que estemos listos para acompañar este salto de calidad. Y muchos pueden simpatizar o no con el cine de este señor, pero ya es cada vez más difícil negar que es un antes y un después en cuanto a realización local, por todo lo que está logrando para mostrar afuera lo que acá se puede hacer.
Ahora resta saber si esto quedará sólo como un acontecimiento anecdótico o si realmente la cinematografía argentina, con el impulso socio-político necesario y una industria que intenta consolidarse con debate y todavía mucho por trabajar, está dispuesta a hacer más golazos como estos.