Metegol

Crítica de Nicolás Chiesa - Cinematiko

Otra tradicional película de Campanella. Y qué curioso que lo sea, tradicional, ya que se trata de una incursión en terreno inexplorado por el director: la animación 3D, el cine para “los bajitos” (chiste que delata la edad del escriba, quien igual, se enorgullece de conservar vivo el niño que todos llevamos dentro). De Campanella. En otro terreno pero las marcas de fábrica están. Todas. Lo barrial, los amores perseverantes y el orgullo por las raíces permanecen intactos. Todos conceptos de un cine, por llamarlo de algún modo, para adultos. Pero también hay correrías, gags para que los chicos flasheen con los personajes. Flor de golazo (vale como chiste obvio, juro que no pude evitarlo) de Metegol: abarca a todos.

La película más costosa de la historia del cine argentino (en coproducción española) comienza con un homenaje a una peli yanqui: 2001, odisea en el espacio. Pero pronto aparece el gen argento: dos primates descubren la pelota y, en vez de divertirse juntos, se pelean. Con el mensaje inequívoco de que será la unión la que haga fuerza contra los de afuera, Campanella regresa a los valores morales en los que cree y vuelve a dar batalla para torcer ese vaticinio caprichoso que se empecinó con estas pampas: el 2000 nos encontrará unidos o dominados (chiste histórico: vale, che). Sus valores alla Luna de Avellaneda se derraman en tal forma que dan vida a ese cuento que el padre narra a su hijo, moderno, playstationero, escéptico. “En un lugar cercano, hace poco poco tiempo…”

La historia ocurrió en el pueblo de Amadeo (voz de David Majasnik), un genio del metegol de cafetín, que alguna vez osó ganarle al Grosso (Diego Ramos). Años después el Grosso se ha convertido en figura estelar del fútbol y, dinero y maldad globalizada en mano, regresa para arrasar el pueblo. Progreso vs. Barrio: Campanella al mango. En el medio ocurre el hecho fantástico, el inspirado en un cuento de Fontanarrosa, el que atrae a los pequeños: los muñecos cobran vida y, sobretodo, hablan de un modo familiar: el Beto (Fabián Gianola), es el agrandado (quién si no, con ese apodo) y habla como Riquelme; el Capi (Rago), como un porteño chanta; y Loco (Fontova)… contrólate un poco (éste se lo robé a Sabina).

Así como es cierto que todos los tanques para niños contienen “moraleja” (lo cual no está mal, al fin y al cabo los cuentos tradicionales tenían como propósito que los niños europeos no se adentrasen solos en los bosques), sabrá cada cual si concuerda o no con Campanella respecto de estos valores anti-cristianosronaldos. Más aún, cada cual sabrá si gusta de sus antihéroes nobles. Pero nadie puede negar su oficio como narrador. Que tienen que ver con nuestra idiosincrasia. Que divierte, entretiene y dice. Muchas cosas. Muchas ideas. Con tecnología que nada envidia de las foráneas pero, al menos por esta vez, suena en nuestro acento.

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