Metegol

Crítica de Milly Bianchiman Sur - Negro&White

Metegol no tiene equipo

Creo que nuestro trabajo a la hora de escribir sobre una película es más que nada inducir a reflexiones que no están a simple vista par un espectador común. Esclarecer los pros y los contras que tiene el producto y que muchas veces no están implícitos para un público que busca distraerse con el cine.

El cine de Juan José Campanella siempre tuvo la marca de la ‘clásica costumbre argentina’, con la suma de reflexiones y lecciones de vida, a veces enriquecida con contextos históricos, significativos para nuestro pueblo. Por eso, es que nos gusta llevar orgullosos como bandera las temáticas de su cine, aunque más de uno se dejó deslumbrar solo por un Oscar en mano. Ahora con Metegol, nos ponemos la mochila de “la mejor animación también se puede hacer en casa”. Pero no tan rápido…

Disculpen si mi opinión les molesta, pero con 20 millones de dólares cualquier director puede realizar una buena animación (por no decir comprar). No quiero desmerecer el trabajo de nadie, pero las cosas como son. Pienso que Campanella nunca fue un derrochador de presupuesto, por lo que la calidad técnica estaba más que asegurada desde el primer trailer. Es una verdad que el director siempre se destacó en parte por cómo dice lo que dice, pero este no es el caso.

Metegol cumple apenas con lo que promete. Metegol, como juego, significa mucho para aquellos quienes en su infancia han compartido grandes momentos con amigos. En un principio, percibí erróneamente que de eso se iba a tratar la película. De rescatar al juego como tal y los lazos creados alrededor de él. Campanella comienza su historia con un pequeño antihéroe de nombre Amadeo, que vive en soledad la pasión por el Metegol, razón por la cual, crece abstraído de la realidad. Su gran rival, vuelve al pueblo, luego de haber sido llevado por un cazatalentos, con el título del pueblo y la idea de borrar todo aquello que lo caracterice, incluido el bar y el Metegol que Amadeo quiere tanto.

Cual loser, Amadeo llora las pérdidas sin la inspiración de hacer algo por ello y es ahí cuando su lágrima cae en el Capi, el muñequito de plomo que ganó todo los partidos del protagonista (¿?). Con el Capi y los demás jugadores la historia se empieza a mover, pero un objetivo poco claro. Da la impresión que algunas escenas están predispuestas sólo para que los estereotipos y los clichés de sus personajes se destaquen, y que de paso, entretengan a los más chicos y haya un guiño para los más grandes.

Son personajes y escenas sueltas que comparten un tiempo y un lugar, pero no comparten sentimientos que los unan. La amistad no se desarrolla, en parte porque ninguno de sus personajes está bien desarrollado, por lo que nunca logramos empatizar ni con Amadeo, ni con el Capi y su equipo. En ese acto final, donde el destino de un pueblo se va definir, el equipo sale a la cancha porque están perdiendo un partido y su naturaleza les grita que está mal, y no porque su ‘amigo’ de casi toda su inexistencial vida, esté perdiendo.

Sí, podemos decir que los cuadros y las super mega escenas están muy bien logradas, pero su guión se cae a pedazos sino fuera por la animación. Los clichés de personajes unidos por una amistad, por sentimientos a flor de piel, hubiesen venido bien. Rescatar los beneficios y los lazos que se generaban al jugar entre amigos a un partidito de Metegol, también. El problema de la película es justamente que no hay equipo. Ni el del Capi, ni Mateo con sus jugadores, ni el pueblo en sí, que en el momento clave, solo algunos se unen y vaya a saber Campanella porqué. En la historia las motivaciones de sus personajes no están muy claras, más que la de Amadeo, de luchar por un idilio, aparentemente enamoramiento por Laura, un personaje que intenta ser relevante, pero falla cada vez que habla.

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