Metegol

Crítica de María Inés Di Cicco - La Nueva Provincia

Gol de media cancha con definición de Campanella

"Hicimos una película de las grandes ligas para competir en el mercado internacional con otras de Dreamworks o Pixar con la décima parte del presupuesto, y creo que lo logramos".
Lo dijo Juan José Campanella y acertó acerca de Metegol , la coproducción con España que estrenó esta semana, copando una cartelera donde empata con tanques del estilo de Monster University o Mi villano favorito 2.
Con seis años de historia como película y muchos más como relato creado por el gran Roberto Fontanarrosa, demuestra que, como en el fútbol, la pasión y un equipo con la camiseta bien puesta logran lo que parvas de dólares nunca podrán pagar. Para el caso, una película de bajo costo y primer nivel.
El protagonista de Metegol --inpirado en Memorias de un wing derecho, el cuento del "Negro -- es Amadeo, un chico que creció entre los personajes de un bar de pueblo, entreteniendo sus horas con el viejo metegol y sosteniendo una amistad eterna con Laura, su amiga y amor secreto.
En la cancha, Amadeo no pega una, pero en ese pequeño potrero de plomo, es un crack, incluso mejor que Grosso, el chancherito que un día se va del pueblo para volver con el título del mejor jugador del mundo y para vengarse de la única derrota que sufrió en su vida de jugador: la de una tarde en el metegol del bar.
Dispuesto a todo, Grosso viene con un proyecto multimillonario que tirará al pueblo entero a la basura, incluidos el bar, su metegol y las vidas e historias de todos y cada uno de los vecinos.
Parece que nada ni nadie podrá contra el poder que la fama y el dinero le dieron a Grosso, hasta que Amadeo descubre que los muñecos de plomo del metegol tienen alma, corazón y vida: con el mejor equipo de metegol del mundo y toda la pasión que ponía en su rol de director técnico, en cada partido.
El argumento es clásico. Lo diferente, es el espíritu de quien lo escribió y la mística que respetaron quienes se encargaron de llevarlo a pantalla bajo las órdenes del "Gran DT" Campanella. Gastón Corali compró los derechos del cuento y confió en él para plasmarlo en película, mucho antes del Oscar que el argentino recibió por El secreto de sus ojos.
A esa película, Campanella la escribió con el también autor del original Ernesto Sacheri, y con Sacheri volvió a formar la línea de tres que sumó a Axel Kutchevaski para el guión adaptado de Metegol.
Para la producción, Campanella obtuvo apoyo de España y Canadá y Argentina, además de su propia firma 100 Bares, y Catmandú, de Corali. Con idea y presupuesto en mano, faltaban el equipo de animación, mezcla de argentinos y españoles, supervisado por Sergio Pablós, el mismo de Mi villano favorito y Río.
Se trata de una película con olor a fútbol, barrio y tradición bien argentinos, pero que comparte una pasión universal; que con personas, personajes y un lenguaje propios hace general un discurso y un mensaje que abarca a pueblos y generaciones.
Los escenarios, los protagonistas que allí se sitúan y las situaciones a las que se ven enfrentados, son comunes a todo ser humano en desafío y en garra para sobreponerse de ellas. También la fantasía.
Pero la pátina de realismo mágico que tiñe todo el relato es absolutamente latino y he allí el acento que ningún tanque, por magníficos presupuestos que maneje, puede dar.
Es el tilde de la identidad que el equipo de Campanella ofrece, con un sentido de unidad que los llevó a hacer esta suerte de gol de media cancha y sobre el medio tiempo de estas vacaciones de invierno.

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