Metegol

Crítica de Leandro Arteaga - Rosario 12

Fútbol de retórica familiar

El film animado del exitoso director alcanza un nivel técnico notable, con una trama que recorre líneas ya reconocibles en su filmografía: el barrio, personajes eclécticos, lugares de encuentro y la tensión entre pueblo y progreso.

La anunciada película de Juan José Campanella, con Fontanarrosa y el fútbol como lugares de referencia argumental, alcanza un nivel técnico notable, de una calidad suficiente como para estar compartiendo, y disputando, cartelera con tantas otras animaciones de presupuestos millonarios. De esta manera, Metegol es acierto estético, concordante con muchos de los rasgos presentes en algunas de estas películas de taquilla, lo que da cuenta de la habilidad comercial de su director, atento siempre a lo que en cine se ve -﷓demasiado﷓- para encontrar un lugar cinematográfico también.

Ahora bien, desde esta situación astuta -﷓a la que seguramente ayuda el desempeño de Campanella en el exterior, su sapiencia sobre la urdimbre cinematográfica más enrevesada, su desazón ante tantas trabas﷓-, Campanella construye una película que es otro de los capítulos dentro de esa obra mayor que sus demás largometrajes conforman. La distinción viene ahora dada por la animación, lo que hace de Metegol una rareza a la vez que ratifica un mismo pulso narrativo, de un control que aquí -﷓virtud del cine animado﷓- es todavía mayor.

En Metegol no demorarán en aparecer marcas argumentales ya conocidas: el ámbito barrial, los personajes eclécticos, sus lugares de encuentro (el bar, el metegol, la plaza y la pelota); aunados por las miradas compartidas entre Amadeo y Laura, juego metalingüístico que en verdad es expresión del relato que un padre hace a su hijo. Es ésta, en última y primera instancia, la historia de Metegol: la de un padre que narra una historia "imaginaria" a su hijo.

Allí dentro, entre el relato del papá y la imaginación del niño, se juega el partido. Ahí tienen cabida los jugadores de este metegol que es habilidad de Eusebio y motivo de bronca para Grosso. Pasado el tiempo, la revancha de un Grosso adolescente será la de volver al mismo "pueblo", con dinero y manager (y ojo porque éste era también parte del "pueblo"), para implantar con estridencia el fútbol del megaespectáculo, con experimentos comerciales de toda clase. El metegol, el del bar, será disputado como manera de resistencia, como motivo de orgullo, como móvil -﷓en suma﷓- para la consumación de la vida en pareja. (Si la historia la cuenta papá, mientras mamá está en fuera de campo -﷓pero alerta-﷓, el resultado del "partido" no podía ser otro.)

De esta manera, Metegol se sitúa en la vertiente que trazara Luna de Avellaneda, la de los valores familiares expresados en la nostalgia por un club de barrio pretérito. Pero con la confianza de que "el pueblo unido" puede. Se habrá notado la reiteración de este término -﷓pueblo﷓- entrecomillado a lo largo de la nota, esto es así porque es la misma película la que lo utiliza varias veces, en alusión a la reunión que hace posible una tarea tan improbable como la de desarmar el negocio obsceno en el que se ha convertido el fútbol.

En este sentido, Metegol dice algo, si bien obvio, quizás molesto; desde otro lugar, ratifica su prédica con una retórica que mezcla jerga de fútbol con las buenas intenciones de la clase media. Pero nada de esto es sorpresa, es algo que ya estaba en el cine anterior de Campanella. Mientras que es el "progreso", en clave irónica, señalado como motivo explicativo de la situación. El desafío futbolístico pondrá en evidencia la importancia de los buenos sentimientos antes que los supuestos por la fama, el dinero, el poder.

Moralejas claras ﷓-habituales en Campanella-﷓ para un film que encuentra simpatía espiritual en García Ferré, posee un destacado reparto de actores y actrices de voces (entre las que sobresale Horacio Fontova), más una recreación de escenarios extraordinaria (fondos exteriores e interiores variados, entre el día y la noche, que logran hacer comulgar la caricatura y lo tecnificado), que habilita a la plasmación de un lugar ilocalizable, sólo presente en la materia del relato y pasible de ser distribuido, claro, entre los "pueblos" de otros países.