Metegol

Crítica de Javier Porta Fouz - HiperCrítico

Inconsistencias

La película argentina que sale con más copias. La primera de animación de un director local ganador del Oscar. El costo. La campaña publicitaria. Los políticos en las fotos de las muchas premieres. El debate sobre las posiciones políticas de Juan José Campanella. Los años de producción. La mentada división entre “campanellistas y anti campanellistas”. De todo eso no habla esta nota. No. Vamos a la película Metegol.

Lo mejor de Metegol está al principio, en el único partido de metegol que se nos muestra. En esos minutos la película brilla: la animación es sofisticada y los movimientos son perfectos. Y, sobre todo, el relato es consistente. Hay un partido de metegol, hay siete pelotas para jugar, el que llega a cuatro goles gana. Las acciones quedan claras, lo que se cuenta está dentro de una lógica comprensible que permite que surjan el suspenso, la emoción, el interés. Ese es el momento de expectativas altas, de película abierta, de posibles asombros: estamos dentro del relato que un padre le cuenta a un hijo.

Metegol es una película enmarcada narrativamente, con lo que se llama, en inglés, “framing device” (dispositivo marco). Ese marco es la forma de presentar un relato dentro de un relato, y puede usarse para desvíos, pausas, dudas sobre lo relatado. No es el caso, no estamos acá ante el narrador dudoso o incluso mentiroso de, por ejemplo, Historias extraordinarias de Mariano Llinás. El narrador de Metegol empieza a contar y la historia enmarcada asume con continuidad el primer plano.

Esa historia enmarcada comienza a diluirse desde el partido de metegol, empieza a desgastarse, principalmente por la falta de consistencia de lo contado. En cuanto a la animación, es clara la apuesta de la película: ir hacia el lado de Pixar y sus émulos mediante una animación digital “grande”, suntuosa. Y sí, no se ha visto otra película de animación digital en Latinoamérica con este despliegue animado. Sin embargo, al decidir jugar en esas ligas, Metegol se arriesga a evidenciar sus fallas, a señalar esos lugares a los que no pudo llegar: los planos de multitudes, como en la plaza del pueblo o en el partido de fútbol (no de metegol), revelan movimientos más limitados, menos fluidos, ponen de manifiesto las limitaciones. La reciente película de animación uruguayo-colombiana Anina, por ejemplo, decide una estética que se ajusta a sus posibilidades. Metegol apuesta fuerte y a veces su ambición es desmedida. Pero ese es un problema menor, irrelevante incluso frente a la falla más grande de la película, que es su inconsistencia narrativa.

La animación no es el reino de la arbitrariedad sino uno en el que todo es posible, que no es lo mismo. Esa posibilidad de contar todo, sin embargo, tiene que tener una lógica por detrás, un andamiaje, un entramado, una consistencia interna, sobre todo en un relato enmarcado en el clasicismo. Los elementos en juego tienen que tener necesidad, raigambre. Si no creemos en el universo que se despliega ante nuestros ojos, algo está fallando. Si a cada rato nos preguntamos por qué pasó tal cosa o por qué no pasó tal otra es porque empezamos a dudar de la fábula. Y ahora, atención, que de aquí en adelante se revelan algunos detalles del argumento que si no vieron la película quizás no quieran conocer. Hecha la advertencia, sigamos. Se remarca, en la película, que los jugadores de metegol son de plomo, entonces, ¿qué peligro puede significarles una rata? Pero ese, también, puede ser un detalle menor. Ahora bien, cuando una secuencia de capital importancia, por extensión, por multiplicación de acciones en paralelo y porque tiene buenos movimientos animados pende de un hilo sin mucha lógica, el edificio empieza a derrumbarse: los jugadores de metegol llevados para ser usados en un parque de diversiones no se sostiene con solidez. El jugador puesto como perno permite un buen segmento de acción y movimiento, pero se siente arbitrario. De todas maneras, podemos jugar a soslayar este problema y pensar que la secuencia del parque de diversiones es un mero divertimento aislado y así no tener en cuenta sus inconsistencias.

El problema mayor está por venir y está al final, en la larga secuencia de fútbol: comienza el partido y el equipo “del malo” se queda inmóvil sin justificación. La pelota comienza a rodar y se le pasan sin brío los del equipo de los buenos. Es extraña esa decisión. No hay explicación y tampoco necesidad de mostrar esos movimientos, y no se explica la quietud mencionada. Y en ese partido (muy lejos de Escape a la victoria de John Huston) la película se desarma, o se termina e desarmar: todo se vuelve fragmentario en términos de sentido. ¿Hay que ganar? ¿Cómo hay que ganar? ¿Cómo hay que jugar? ¿Cuán buenos son los malos jugando? ¿Cuán malos son los buenos jugando? ¿La lógica es el rating? ¿La lógica es el aplauso? ¿Lo que “está bien”? La película abraza una y otra idea a medida que pasan los minutos y el sentido no se arma, no se cohesiona nunca. Después, claro, hay que cerrar, afirmar: pero lo contado no nos llevó de forma sólida, divertida, coherente, hasta acá. El relato parece dictar qué es lo que hay que tener en cuenta en la parte final de la secuencia final: la lógica de Metegol y del metegol se desvanecen, incluso hasta pierden sentido los jugadores de plomo y sus acciones, se vuelven mera comparsa. La película se revela como un muestrario técnico muy esforzado, hecho para ser doblado en diferentes países y así perder con velocidad la así llamada “identidad argentina” y ganar posibilidades de venta.

Los personajes son muchos (incluido un curita típico del cine argentino de hace décadas, hasta parecido a Enrique Muiño) pero no alcanzan la grandeza, no fascinan. Lejos está Campanella en esta película de la convicción general de El secreto de sus ojos. Metegol es, en términos narrativos, más parecida a la gran falla de esa película ganadora del Oscar –el arbitrario interrogatorio del sospechoso, que hacía avanzar la acción a costa de averiar la consistencia narrativa– que a la credibilidad de los memorables personajes de Ricardo Darín, Soledad Villamil y Guillermo Francella. Ni siquiera un narrador con la capacidad de Campanella puede sostener un andamiaje de acciones tan débil como el de Metegol, adornado, eso sí, por algunos buenos diálogos, incluso con un timing nada habitual en el cine argentino. Quizás algunas réplicas, algunas frases veloces y algunos chistes sean la verdadera novedad que trae Metegol, ese nuevo camino que tanto se pregona de forma periodística y publicitaria.

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