Metegol

Crítica de Ignacio Andrés Amarillo - El Litoral

El fútbol como la vida misma

Se cuenta que Gastón Gorali leyó “Memorias de un wing derecho” de Fontanarrosa, cuento en el que se implica la vida consciente de un jugador de metegol. De ahí tomó la idea que compartió con Juan José Campanella, quien se enganchó con la posibilidad de llevar sus temáticas propias al mundo de la animación. La definición final llegó al trabajar los conceptos junto al escritor Eduardo Sacheri y el productor Axel Kuschevatzky, partícipes del éxito de “El secreto de sus ojos”. Después vino la dura parte de la concreción, que demandó años de trabajo.

Y el producto final es el resultado de todo eso. Gorali pudo concretar la idea de una película infantil como las estadounidenses: es decir, que sea atractiva al público adulto desde la misma historia, capaz de aunar épica, humor, romanticismo soft y personajes atractivos, y desde ciertos guiños (hay homenajes a “2001, odisea del espacio”, “Apocalipsis Now” y los spaghetti western de Sergio Leone, además de referencias a la saga de “Toy Story”).

Por otro lado, el universo campanelliano aflora en todo su esplendor, en la defensa del pueblo tranquilo con las pequeñas vidas de sus habitantes, la estética de los viejos parques de diversiones, el bar con sus parroquianos envejeciendo dentro. Todo eso amenazado por el “progreso”, lo urbano, el personaje exitoso (curiosamente, el hijo más célebre del pueblo).

Y Fontanarrosa seguramente se engancharía con la épica futbolística que plantea el enfrentamiento final: una épica más cercana al “los de afuera son de palo” de Obdulio Varela en el “Maracanazo” o a Maradona esquivando nigerianos con el tobillo destrozado que a la gambeta perfecta de Messi o la comba balística de David Beckham. El fútbol entendido como metáfora de la vida y no como un juego de PlayStation.

Venganza

La historia es esencialmente simple, enmarcada como flashback de un padre que le cuenta una historia a su hijo. Arranca en un pequeño pueblo indeterminado con el pequeño Amadeo, un niño enamorado de la bonita Laura, quien estimula un duelo al metegol (única pasión y talento del muchacho) contra Ezequiel, un gamberro con ínfulas de habilidoso con la pelota. Tras la derrota a manos de Amadeo, clama venganza contra el pueblo, y es convocado por un señor con pinta de empresario chanta.

El tiempo pasa, Laura quiere irse a la ciudad a estudiar arte, mientras que Amadeo sigue trabajando en el bar y sólo preocupado por su metegol. Con Laura no han pasado de la amistad. Pero todo esto se rompe cuando irrumpe Ezequiel, ahora convertido en el Grosso, el mejor jugador del mundo y millonario (que recuerda al imaginario de cracks fanfarrones como Cristiano Ronaldo, por poner un nombre), que vuelve para vengar la afrenta de la niñez. Como la Kläri Wäscher /Claire Zachanassian de “La visita de la vieja dama” de Friedrich Dürrenmatt, el Grosso se compra el pueblo (para convertirlo en un lugar de culto a sí mismo) y buscará la venganza personal con Amadeo.

Éste recibirá la inesperada colaboración de los jugadorcillos del metegol, que lo ayudarán a salvar a Laura y a disputar el destino del pueblo.

Factura visual

Con 20 millones de dólares de inversión, “Metegol” es la película argentina más cara de la historia. Pero poco tiene para envidiarle a las superproducciones animadas de DreamWorks o Pixar, que suelen costar bastante veces más.

La factura visual impresiona desde las texturas, la espacialidad tridimensional (desde el primer juego con el metegol “estático” a los vastos interiores de la casa del Grosso; uno recuerda cuando el baile de “La Bella y la Bestia” era lo último en animación) y el dinamismo de las escenas (el basurero, el parque de diversiones, la batalla en el laboratorio, el partido final).

En cuanto al diseño de personajes, uno de los elementos clave del cine de animación, tiene sus fluctuaciones. Como en otras producciones de este tipo, los personajes “reales” lucen un poco menos que los muñequitos; sabiamente, el equipo creativo escapa proponiendo una construcción no realista de los mismos, exagerando la escualidez, la obesidad, la baja estatura, el físico torneado y otras características definitorias.

La genialidad está por el lado de las figurillas de plomo: hechas a base de un modelo básico, Amadeo los ha personalizado con virulanas, hebras y demás (los otros, los “granates”, tienen una caracterización más pobre).

Con voz propia

Una ventaja de la versión argentina es que la animación trabajó sobre las voces locales, mientras que en otros países se la verá doblada encima. De yapa, pudieron poner gestos recuperados por la animación. Así se lucieron entre los muñequitos Pablo Rago (el Capi, optimista como el Oliver Atom de “Los Supercampeones” y con frases hechas de jugador estándar), Fabián Gianola (Beto, el insoportable que habla en tercera persona de sí mismo, de melena a lo Valderrama), Horacio Fontova (como el Loco, un new age con pinta de Leopoldo Jacinto Luque) y Miguel Ángel Rodríguez (Capitán Liso).

Los protagónicos (Amadeo y Laura) fueron confiados a los poco conocidos David Masajnik y Lucía Maciel, que están correctos, al igual que Diego Ramos (Grosso). Ernesto Claudio (cura), Marcos Mundstock (Ermitaño) y Coco Sily (Mánager) tienen sus momentos personales.

Así se cierra un relato de mística deportiva, un recupero de lo que el fútbol fue en tiempos menos sponsoreados, y la evidencia de que se puede madurar sin perder el espíritu de niño: “Creer para ver”.

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