Metegol

Crítica de Hugo Fernando Sánchez - Tiempo Argentino

Campanella por otros medios

Con gran expectativa, finalmente se produjo el estreno de la primera incursión del director de El secreto de sus ojos en el mundo de la animación en 3D. Y no defrauda.

Amadeo es un chico apocado y tímido, mientras que Grosso es atlético y extrovertido. Y así como el primero concentra las características del antihéroe –aunque desde su aparente debilidad también representa los valores del barrio, que se supone abarcan desde la solidaridad hasta la nobleza de los personajes que hacen del mundo un lugar mejor–, su antagonista es la cara del capitalismo salvaje, triunfalista, que avanza sobre tradiciones y personas en pos de un progreso que sólo respeta las leyes del mercado.
Bienvenidos al universo de Juan José Campanella en versión para niños, una superproducción animada en 3D que en definitiva es un eslabón más de la mirada que tiene sobre el mundo el director de Luna de Avellaneda, que –no está de más señalar– tiene muchos puntos en común con Metegol.
Memorias de un wing derecho, un cuento de Roberto Fontanarrosa, fue el puntapié inicial para que Campanella junto a Eduardo Sacheri (el autor de la novela que luego se convirtió en El secreto de sus ojos) y Gastón Gorali llegaran a la historia ambientada en un pueblo con una plaza central y un bar enfrente con un metegol al fondo. Allí, Amadeo sirve las mesas y pule su habilidad para manejar esos jugadores que sólo se desplazan hacia los costados, hasta que llega el desafío de Grosso, un bravucón que pierde pero jura venganza.
La revancha llega años más tarde, con Amadeo aparentemente detenido en el tiempo en ese bar centenario y Grosso convertido en el mejor jugador del mundo, que vuelve para mostrar sus logros y como cabeza de playa de una corporación que quiere construir un estadio gigantesco. El partido en donde se juega la dignidad de los habitantes del lugar y la posibilidad de que Amadeo conquiste a la muchachita del cuento, pone en un lado a un cura, un policía, un chorro, un demodé emo más la determinación de los muñequitos de plomo, frente a una escuadra aparentemente invencible liderada por Grosso.
Hay varios guiños cinéfilos –2001: Odisea del espacio, el espíritu de los spaguetti western–, pero en la ambición de abarcar todo, también hay algunos momentos que refieren a la historia Argentina reciente, con un político que se fuga en helicóptero y algún diálogo que afirma el valor del voto popular, "aunque a veces se equivoque".
La referencia obvia y también ineludible es la saga de Toy Story, pero también es para destacar que desde la argentinidad de los diálogos y el fútbol como marco, Metegol se anima a disputar a los públicos cautivos de Pixar o DreamWorks, con una película que más allá de los meandros de la comercialización y distribución, aspira a acceder a los mercados internacionales en pie de igualdad con los gigantes de la animación.
Impecable en lo formal, con una historia sencilla pensada y repensada para el público infantil pero con muchos motivos de interés para los adultos, el universo campanelliano está tan presente en Metegol como en cualquiera de sus films anteriores. La animación es una herramienta más, vistosa, costosa, preciosa, para hablar de los temas que le interesan desde siempre.

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