Mentiras mortales

Crítica de Iván Steinhardt - El rincón del cinéfilo

A esta altura de los acontecimientos uno está curado de espanto. Cuando de “allá arriba” nos avisan que Richard Gere está en algún rodaje, la cosa se facilita bastante en términos de suposiciones.
En primer lugar, porque hablar del actor de ojos achinados hacia arriba, con los mismos cuatro gestos de siempre; ahorra bastante a la hora de analizar el rubro “actuación”.
En segundo lugar, está el rubro (me da no se qué hablar de género) al que se dedica: romántico o thriller, con las variantes de ser engañador o engañado según si es año par o impar, ¡vaya uno a saber!
Lo cierto es que de vez en cuando se pueden mezclar ambos como en aquella “insuperable” “Entre dos amores” (1994) de la cual en muchos sentidos “Mentiras mortales” es una suerte de remake del personaje.
Antes de analizarla quiero aclarar: cualquier cosa que haga Jennifer Connelly está bien; Richard Gere también goza de buena salud estética. Si la idea es ir al cine por “él” o “ella”, vayan tranquilas/os.
Disculpe la chanza, pero algo me dice que nos estamos acostumbrando a lo menos peor, y ya se sabe: si es por costumbre, hasta la vaca se vuelve carnívora.
Si es por una cuestión cinematográfica, la cosa es algo más engorrosa.
La segunda escena (la información de la primera se explica ochocientas veces a lo largo del metraje) tiene a Robert Miller (Richard Gere) festejando su cumpleaños rodeado de hijos y nietos a la voz de “son la mejor obra de mi vida”. Si usted se molesta en analizar los planos verá en Robert a un hombre adinerado, culto y de clase alta para arriba.
No se ganó el Quini 6.
Tiene el status social correspondiente a todo buen yanqui que corrobora el sueño americano, a fuerza de capital más interés con sede en Wall Street. Para un tipo con calle (si se entiende el eufemismo) los escrúpulos quedan en algún bar con “Happy hour”, de modo que cuando termina de apagar la velitas a la noche y le dice a la mujer Ellen (Susan Sarandon) que se va a laburar a la oficina (décimo minuto de película) uno espera –anhela- algo de sorpresa.
No.
Se va a lo de la amante nomás.
¡La noche del cumpleaños!!!
O sea, a partir del minuto 10 usted decidirá comprar o no.
Si se decide por el buzón, deberá aceptar el hecho de estar en presencia de un hombre de negocios que vive del Dow Jones; cometiendo errores de cadete “che pibe” y dejándose llevar por un instinto propio de la cabeza masculina que no tiene materia gris.
Si, por otra opción, decide seguir la historia de un cínico, estafador, y varios etcéteras, el verosímil está prácticamente en sus manos.
A los efectos, todos los rubros técnicos estarán a favor de la historia. El director (novato) no escatima en buenos climas logrados sólo a partir de su complicidad.
Quizás su único error reside en intentar lo que decenas de realizadores no han logrado.
¡Basta!
Richard Gere no puede llorar en cámara.
¡Basta!
Es cierto. La respiración tipo búfalo en la escena del accidente parece estar acorde. No por lo que le pasa al personaje, sino por una queja explícita al único Mercedes Benz sin air bags. No cambiaba la cosa ese detalle, pero en todo caso era mejor que creer en un cuello cortado por un elemento que ni el director sabe de donde salió.
No me haga caso. Debo ser yo. Probablemente las mujeres que escriban sobre la nueva de Schwarzenegger tengan lo suyo para decir. Supongamos que si nadie se hace preguntas “Mentiras mortales” pueda ser entretenida.