Medusas

Crítica de Miguel Frías - Clarín

Los sedimentos del malestar femenino

Un filme ecléctico que nos introduce en el malestar de varias mujeres.

Medusas no es un filme redondo ni acabado: de ahí proviene parte de su encanto. Porque después de vaivenes narrativos, giros estilísticos bruscos y líneas que no terminan de cerrarse, uno siente -y no es menor- que experimentó el mundo interior de algunos personajes. La sensación crece después: los realizadores israelíes Etgar Keret y Shira Geffen, que son pareja, logran, con esta extraña, breve marea (de 78 minutos) dejarnos sedimentos de una vasta angustia femenina. Medusas.

La película, alrededor de tres mujeres en Tel-Aviv, empieza siendo realista: una suerte de comedia melancólica que, suponemos, irá derivando en drama(s) sentimental(es). Lo peor: hay amagues de cruces casuales entre personajes (los habrá) y de que ese mecanismo se convierta en centro del filme (no ocurrirá). Una camarera que acaba de separarse (la talentosa Sarah Adler, actriz de Nuestra música) y una novia que se quiebra un tobillo en su boda irán transmitiéndonos el creciente malestar, la extrañeza de sus íntimos infiernos. El mar, omnipresente, funcionará como fantasía de reparación, de alivio.

Conflictos con madres, conflictos con padres, conflictos con hijos, conflictos con parejas: conflictos, sobre todo, consigo mismas. Las mujeres de Medusas -que funcionan en duetos, como si representaran dos caras de una persona- nos trasladan sus sensaciones frente al mundo. Logro de los directores, que hacen de una fiesta de casamiento un mecánico ritual; de una luna de miel en un hotel de Tel-Aviv, una convivencia erosionada por el tedio. La película va dejando atrás todo naturalismo e intenta representar, a través de escenas casi oníricas -por momentos tendientes al surrealismo; por momentos, a la fábula-, el complejo océano de la psiquis humana.

Claro que es difícil alternar las acciones de los personajes, tratadas desde una perspectiva externa, con la representación metafórica de sus miedos, traumas y pulsiones. Las alegorías sobreexplicadas acechan por un lado; el sinsentido y el sentimentalismo, por otros. Medusas intenta evitarlos: en muchos casos, lo logra. Y con puestas y resoluciones visuales de gran belleza y creatividad. El resultado es una película enrarecida, ecléctica, de apariencia simple y creciente oscuridad. Una película que va cambiando de sentido(s), según la mirada de cada espectador, a medida que se aleja en el tiempo. Imperfecta, sí, pero arriesgada y vital: poco rutinaria.