Maze Runner: Correr o morir

Crítica de Alan Echeverría - Cinéfilo Club

Atletas de laberinto

La llegada a las salas de Maze Runner – Correr o morir generó, de movida y por la información con la que se contaba, una especie de murmullo generalizado entre todos aquellos que no suelen comulgar con este tipo de adaptaciones convertidas en sagas cinematográficas juveniles. Más allá de las similitudes que se puedan encontrar entre esta proyección y otras obras también ubicadas en un futuro distópico en el que los adolescentes son los encargados de tomar el mando, vale destacar que la citada aquí, dirigida por Wes Ball, sale airosa y gana puntos extra por su notable realización y por unos cuantos buenos momentos de nervio.
Dylan O’Brien encarna a Thomas, quien despierta ante el recibimiento de un grupo de muchachos. No recuerda cómo llegó hasta allí ni quién es. De a poco se va asociando al conjunto de chicos que habitan en ese extraño lugar caracterizado por poseer un inmenso laberinto cuya salida no han sabido hallar ni descifrar hasta ese entonces.
Existen cuestiones y modos en que estas se desarrollan que hacen pensar que el film no aporta nada nuevo. No es neta y completamente más de lo mismo aunque sí tiene algo (o bastante, dependiendo de qué tan fino hilemos) de lo que estamos acostumbrados a ver en este tipo de sagas, con la distinción de que aquí las ejecuciones están mejor llevadas al valerse de un poder de atracción más fuerte y una dosis suficientemente menor de pomposidad, por decirlo de alguna manera.
Salvando las diferencias entre la trama de una y otra cinta, en Maze Runner, al igual que en Los Juegos del Hambre, el factor supervivencia cobra importancia en cada uno de los jóvenes que conforman la historia. Algo parecido ocurre, volviendo a establecer un parangón entre las mencionadas proyecciones, en lo que respecta a las consecuencias que pueden desprenderse de un enfrentamiento: la sensación de que nadie está a salvo reina por momentos y en unas cuantas resoluciones en las escenas de mayor intensidad que se exhiben.
Es factible que a la película, más allá de lo llevadera y entretenida que resulta, le sobre metraje. Los personajes, si bien localizan buenas actuaciones por parte de sus intérpretes (en especial Dylan O’Brien y Will Poulter, este último en un papel totalmente opuesto al que le había tocado personificar en We’re the Millers), no terminan de generar un elevado grado de empatía con el observador.
El film de Wes Ball funciona por su capacidad de engancharnos gracias a su interesante comienzo y a las apreciables instancias en las cuales la tensión quiebra el simple asomo para presentarse finalmente en cuerpo y forma, con esplendor.

LO MEJOR: el arranque, la manera en que está narrada la historia. Los momentos de acción.
LO PEOR: menos minutos le hubiesen quedado mejor. Resoluciones algo discutibles.
PUNTAJE: 6,5