Mauro

Crítica de Nicolás Prividera - Con los ojos abiertos

El afiche de Mauro nos presenta el retrato de Rosas, que enseguida reconocemos como el del billete de 20 pesos, pero en nuestra cabeza ya se estableció la contradicción entre el común nombre propio y el trajinado rostro público: todo signo es sospechoso, aun el que parece más evidente. Digo esto para desmarcar la opera prima de Rosselli de la mera renovación neorrealista, aunque no es menor su carga de verdad en los cuerpos y sus reacciones, frente a tanta actuación distante o acartonada en el ya no tan nuevo cine argentino. Mauro no es sólo una vuelta al mundo conocido de Mundo grua, con sus trabajadores vencidos y su granuloso conurbano: no hay aquí atisbos de idealización desencantada ni de costumbrismo remozado. Los personajes no representan ningún tipo social ya retratado (como esos marginales que suelen fascinar al NCA), sino una clase media baja que encuentra en los intersticios del sistema los medios para sobrevivir “dignamente”: Mauro pasa de pasador a falsificador, como esos mismos puesteros de ropa a los que estafa. Mauro nos dice que en el capitalismo (y no sólo en el periférico) la estafa es un modo de vida, e incluso en un trabajo. Ese es su doble hallazgo, en cuanto traspasa el realismo como mero contenido para repensarlo desde la forma: no se trata sólo de la modernidad de la puesta en escena (con sus curiosos planos fijos y sus precisas elipsis narrativas), sino de pensar al realismo como sofisticada falsificación. Es decir: no mostrando sus grietas sino extremando sus procedimientos. En un tiempo de hibrideces posmodernas, Mauro no es una ficción que pretende ser documental sino una falsificación que muestra sus materiales y su laboriosa forma de producción.