Marea y viento

Crítica de Mex Faliero - Funcinema

UNA CUESTIÓN DE FORMA

En su nuevo documental, Marea y viento, el director Ulises de la Orden introduce la cámara en la intimidad de “Los Biguaes”, una escuela ubicada en el Delta del Tigre, a orillas del Río Carapachay, que ofrece una propuesta pedagógica diferente: un espacio donde los chicos aprenden en un contexto de menor organicidad formal y mayor apuesta por la creatividad, y donde los padres asisten en tareas claves para sostener el emprendimiento. “Los Biguaes” no es aceptada por el Estado como una institución legal y el sustento económico está dado por una panadería que produce diversos alimentos. De la Orden, entonces, sigue un año de actividad lectiva con una cámara atenta a los detalles, con una precisión absoluta en la observación de cada situación, escudriñando en las tareas educativas de los chicos, pero también en los debates que se generan entre padres y autoridades ante los problemas que atraviesa el proyecto.

Las clases se dan en un mismo salón, con grupos separados por edades. No hay pupitres, todos se sientan en ronda y la participación de los docentes es más cercana, dejando de lado las escalas jerárquicas de la educación tradicional. “Nosotros no trabajamos para ellos, trabajamos junto a ellos”, dice uno de los docentes. Pero los chicos no solo aprenden lo lógico que aprenden en la escuela, sino además a preparar alimentos, servirlos en los actos públicos, ayudar en las tareas de limpieza o acomodar el mobiliario. Es una forma de poner en movimiento los saberes de la institución: saber cuántas hamburguesas se pueden hacer con un kilo de carne es una forma interesante de aprender matemáticas, y también una actividad práctica como cocinar. En contrapartida los padres ayudan en la elaboración de los alimentos que vende la panadería del colegio, y se comprometen a asistir una cantidad de horas semanales para darle forma a este proyecto colectivo. Viento y marea observa, registra y expone un espacio que es otra forma de entender la educación, una forma alternativa sobre la que la película no ejerce un juicio de valor ni una exacerbación. De hecho no se esquivan los conflictos ni se romantiza un sistema: no todos los padres pueden colaborar de la misma manera y eso queda expuesto en los debates con las autoridades.

Ulises de la Orden logra un efecto óptimo en su película: a pesar de estar ahí, cuerpo a cuerpo con alumnos y docentes, la cámara se vuelve invisible y ninguno de los participantes parece estar intimidado por su presencia. Y para decir lo suyo no utiliza subrayados ni recurre a la voz en off. Esa invisibilidad permite que los protagonistas se muestren auténticos y que la película respire honestidad. Hace un par de semanas se estrenó Vilca, la magia del silencio, anterior documental de De la Orden en el que reinaba el busto parlante. El director demuestra así que no hay una forma concreta ni definitiva, que cada tema y cada material precisa de un tratamiento diferente. Un poco lo que sostienen los docentes de “Los Biguaes” en su relación con los chicos. En el último plano del documental, luego del último día de clases, una lancha repleta de alumnos se aleja del colegio. Y de la misma forma nos vamos los espectadores, luego de atravesar una experiencia renovadora.