Mapa de sueños latinoamericanos

Crítica de Fernando Brenner - EscribiendoCine

Debut en el documental del fotógrafo Martín Weber

Contundente y demoledor ensayo audiovisual que de alguna manera consigue ponernos en medio de realidades crudas y cocidas, que conforman ese gran mosaico, a veces ensamblado y otras discordante, que es toda la región al sur del Río Bravo.

Hace casi 30 años, Martín Weber inició una búsqueda sobre identidades y sentimientos en América Latina. Viajó a 53 pueblos de ocho países y ciudades entre 1992 y 2013, de Argentina, Cuba, México, Perú, Nicaragua, Guatemala, Brasil y Colombia. Tomó contacto con muy diversas comunidades y personas. Con una propuesta simple y compleja a la vez: fotografiar a cada ser que encontraba con una pizarra donde este escribiría “su” sueño. Así completó este atlas en el libro Mapa de sueños latinoamericanos, un sondeo que reúne 110 fotografías en blanco y negro. Tiempo después volvió sobre sus pasos para reencontrarse con estos personajes con varios años transcurridos desde sus deseos. Los filmó en color grabando entre 2010 al 2017. Pero algunos ya no estaban, habían fallecido, o partieron a otro país. Este nuevo camino se transformó en un documental con el mismo nombre del libro.

La primera escena nos muestra, con un montaje que evita la truculencia, una típica riña de gallos, donde como suele suceder hay un vencedor ensangrentado, y un vencido, también manchado de rojo, pero abatido. Y de alguna manera ya se nos está planteando la pregunta: ¿Es Latinoamérica una riña de gallos, donde cada quien le agrega a sus armas, materias más punzantes, dañinas y que provocan la muerte?

Latinoamérica es un gran terreno de luchas sinfín, donde todos parecen buscar la felicidad, la salvación y porque no, el dinero. Pero en su gran mayoría termina encontrando dolor, ausencias y la más absoluta miseria. Y van apareciendo disímiles sueños que escriben diferentes personas de distintas edades. “Yo curandero, quiero que mi hija estudie para defender sus derechos" escribió un padre pajé con su primogénita recostada en su falda en Alagoas, Brasil. "Quisiera tener mis tierras propia" trazó una mujer originaria peruana junto a su hijo y su guagua. "Quiero ser policía", una niña mexicana en la frontera de Tijuana. "Yo quiero ser maestro" reclama un chico sobre una canoa destartalada. O la simpleza del "Deseo vivir para mi esposa, mis hijos y mis nietos" con que sueña un abuelo argentino rodeado de su familia en un parque.

Y hay para todos los gustos: en Cuba un mozo escribe "Prohibido prohibir" y un lustrabotas "Yo quisiera ser poeta". Cuando Martín, ahora director, volvió a la Isla, el primero se había ido a Miami, el segundo había fallecido hacía tres meses. "Que los militares que mataron a mi hijo de 10 años no vuelvan más" reclama en la pizarra una guatemalteca junto a los tres hijos que aún viven.

Se entiende que son todos casos individuales tanto que pueden ser una representación pero de manera de extractos de una sociedad. Como ese revolucionario en Nicaragua, al frente de la manufactura de ataúdes acompañado por sus 4 hijos, que luchó con el Frente Sandinista de Liberación Nacional, pero que no se siente sandinista. Y cree que finalmente no hubo un gran cambio. Y aparece ese plano, de esa foto que conmueve. Una madre con su hijito de rostro serio en una Combi en Maclovio, Rojas, México, y su sueño es directo y contundente: "Cariño".

Weber no nos da casi respiro. Hay pocos, contados momentos de cierto humor o ternura. Aquella Latinoamérica festiva, chispeante, de multicolores no está aquí presente. Aunque hay algunas historias que tienen final feliz. O al menos no de signo trágico. Su cámara no nos pasea por paraísos turísticos inalcanzables. Nos mete derecho en las venas abiertas. Recorre zonas y barrios semi abandonados, arrabales con desclasados. Y los propios protagonistas nos dicen que los que vivían en las favelas de Rio, muchos fueron asesinados o por la policía o por los narcos. “Se mata más en Brasil que en Siria, que en cualquiera de estas guerras que hay por el mundo” comenta en un entendible portuñol un veterano sobreviviente. Y como la Policía de allá es la que más mata, por consecuencia también es la que más muere. Pero como siempre sucedió y aun sucede, la mayoría de los que mueren son jóvenes, pobres y negros.

Una frase terrible y que marca de manera indeleble a esta región –y por extensión al mundo- es la que dice una veterana abuela viuda (le mataron a su marido) brasileña: “El ser humano es exquisito, ama y destruye al mismo tiempo”.

Si la primera toma era violenta y sangrienta, la última es reposada, tranquila, y de alguna manera esperanzadora. Más allá de las constantes crisis económicas, políticas y militares, alguna vez llegará esa utopía de la Patria Grande. Con sus imágenes, sonidos, olores, miradas, costumbres, sabores y colores, esta parte del mundo y quienes la habitan, tiene aún latente su fuerza transformadora. Como alguna vez escribió el cantante y compositor Gustavo Santaollala, que es quien puso la música en este film: Algo se está gestando, lo siento al respirar.

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