Malón

Crítica de Diego Lerer - Clarín

De soledades compartidas

La vida gris y rutinaria de Sosa, un hombre solitario que vive en una pensión, entrena box y trabaja en un bar, empieza a sufrir algunas modificaciones al ser testigo de las conversaciones de los habitués del boliche en el que trabaja.

En principio, para el aparentemente abúlico Sosa, cuyo hobby es cantar y tocar el acordeón, esas conversaciones de café son ruido de fondo, como las máquinas y los otros sonidos que hacen de su lugar de trabajo un espacio mucho más bullicioso que el silencio en el que acostumbra a moverse. Ese “silencio” incluye a su vecina, una mujer con un bebé, a la que no se atreve a invitarla a salir, pese a las chanzas de su patrón.

Pero, de a poco, las charlas pasan al primer plano y, mientras los parroquianos deparan sobre los buenos viejos tiempos del peronismo del ‘45 y los complicados pero esperanzados ‘70, Sosa empieza a prestar atención. De allí en adelante, esas charlas empezarán a cumplir sus efectos y Sosa estará yendo a marchas e integrándose en lo que se podría llamar el entramado social del país. También una postal que hay en la cocina disparará su curiosidad y lo llevará a otros descubrimientos.

El relato de Fattore es simple y sin muchas vueltas. De hecho, el propio patrón trata de explicar al peronismo como una conjunción entre “lo individual” y “lo social”. Lo más radical, si se quiere, no es tanto eso, sino una puesta en escena seca, que imita al documental de observación, por la cual Fattore elige que su película sea más vista como una tesis que como una narración, si se quiere, dramática.

Una opción inteligente que le da interés a una película que, de otra manera, se podía haber quedado en la superficie de muchas cosas. Como suele pasar en la mayoría de las charlas de café...