Maligno

Crítica de Pablo O. Scholz - Clarín

El inconsciente. Allí, o de allí surgen las mejores películas de terror, ciertamente psicológico. Piensen en El resplandor, de Kubrick. En Repulsión, de Polanski. Hasta en La isla siniestra, de Scorsese, que no era de terror, pero sí de horror.

La capacidad que tiene James Wan para aterrorizarnos, para generar miedo, pareciera que la tiene innata. La primera El juego del miedo fue su creación. Dirigió las dos primeras de El conjuro. También es capaz de saltar al mundo de DC Comics, como ahora, que está rodando la secuela de Aquaman, que también fue suya.

Pero lo mejor que maneja el director nacido en Malasia es el susto. El temor. El terror.

A diferencia de las películas de El conjuro que Wan dirigió, donde lo siniestro está ahí, habitando alguna casa, en Maligno la posesión está en Madison, la protagonista.

Y si en El conjuro nos conduce, y decidimos seguirlo no con los ojos cerrados, porque nos perderíamos lo mejor, porque sabemos que no nos va a engañar, que no habrá pistas falsas y que su camino podrá ser sinuoso, pero siempre estaremos bien guiados, en Maligno Wan mete golpes de efecto en una historia que se las trae.

Porque hay algo que, en un momento de la trama, hará que el espectador quede fascinado o diga “Naaaaahhh, ¿en serio?”.

A no quejarse
Pero a no quejarse, porque en honor a Hitchcock, Maligno tiene un par de MacGuffin, ese recurso del autor del guion para no tanto engañar al espectador, sino realizar luego un giro en la trama sobre ese elemento al que el público no le prestó la atención que debía.

Piensen en muchos filmes de Hitchcock, o en la mencionada La isla siniestra.

Annabelle Wallis, que ya había entrado en la mira de Wan cuando protagonizó la primera Annabelle, es Madison. Y si hay alguien -en su sano juicio- en quien nadie quisiera estar en sus zapatos es en ella. Tiene un embarazo complicado, tras dos abortos traumáticos y soporta a una pareja golpeadora.

Y es, justo, pero justo, luego de un episodio de violencia de género que Madison comienza a tener, llamémosle, visiones. ¿Son fruto de su imaginación? No. Son reales.

Madison tiene un extraño poder, que es el de la videncia, que la conecta con un asesino brutal (¿Los ojos de Laura Mars, que tenía guion de John Carpenter, quizás?). Ella, como que se teletransporta al lugar donde ese ser, mata. Ella lo ve.

¿Cómo puede ser?

No me pidan que se los spoilee. Hay un sanatorio mental, casi una mansión, un castillo que da a un acantilado, que es donde abría la película. Hay idas y vueltas en el tiempo. Hay un personaje con una niñez complicada, para decir lo menos. Y un par de policías incrédulos.

Si la textura de las películas de Wan, sobre todo en las dos que dirigió de El conjuro, eran como una marca de fábrica, aquí optó por los tonos azules, oscuros o rojizos. Wan confió en Michael Burgess, que viene de dirigir la fotografía de El conjuro 3 y algunos derivados de la saga, pero esas decisiones finales seguro fueron suyas.

La banda de sonido, con mucho electrónico, no resulta disonante, pero chirria demasiado, tal vez.

Maligno no es lo mejor de Wan, claramente. Y hay un terror gótico, con algo de slasher y del giallo italiano en el que Wan abreva -mientras sigue pivoteando entre alguna Rápidos y furiosos y los blockbusters de DC- con ese cine que mejor le sale y que más le (y nos) gusta.