Mala

Crítica de David Obarrio - Cinemarama

Un mundo sin amor

Nunca se puede saber con certeza con qué se descolgará Caetano. De lo único que se puede estar bastante seguro es de que el director siempre será capaz de aparecer con alguna película fuera de lo común bajo el brazo. En Caetano lo heterogéneo es la regla: el cine que hace es un terreno sinuoso e inasible, no un espectáculo que converge con mansedumbre sobre nuestras expectativas para amoldarse a los deseos que nos suelen constituir como espectadores, esa pasión que insiste en encontrar rastros de lo anterior, en leer cada fragmento bajo una misma luz y hacer de una parte el todo. Ver “una de Caetano”, en definitiva, es ver una película que se parece a otra de Caetano acaso solo en la diferencia. Lo que equivale a decir que Caetano es autor básicamente porque hace lo que se le canta. Mientras nos quedamos con las ganas de saber lo que el director hizo con Néstor, esa película que no fue –desde ahora, Néstor es la película fantasma de Caetano–, aparece Mala para decirnos, de nuevo, que siempre es posible el sueño de un cine sin concesiones.

Mala es una historia de venganza, de trauma y de condena. Una mujer sufre el asesinato de su hijo y se transforma en una súper asesina a sueldo llamada Rosario que tiene por víctimas solo a hombres maltratadores. El carácter profesional de la mujer incluye una dosis necesaria de crueldad y un rigor en la ejecución de su tarea lindante con el absurdo. La mujer es maestra en disfraces, en caracterización y en camuflaje. Quizá para acentuar la compenetración obsesiva de la asesina con cada trabajo que le toca, el director dispone cuatro actrices diferentes para un mismo personaje: el procedimiento no es del todo nuevo pero siempre resulta de un riesgo considerable. Florencia Raggi es la que está más tiempo en pantalla (de hecho se podría decir que es el personaje madre del cual se derivan las otras versiones) y luce un cuerpo atlético y una tristeza infinita que recorre transversalmente la película. Desde el vamos, Mala se encarga otra vez de despistar a los seguidores más conspicuos del cine de Caetano, rechazando los rasgos realistas más celebrados de algunas de sus películas anteriores y acentuando el costado más autónomo y desprejuiciado que asomaba por momentos en sus trabajos para la televisión argentina. Si todos sospechamos que Francia era una película política pero no acertamos del todo a explicarnos el modo o la dirección exactos en que lo era, Mala recurre a los géneros con una ambigüedad deliberada que es en parte lo que la hace tan extraña y estimulante. El director trabaja con materiales que podrían servir de base a una telenovela, a una historieta o a algún ejemplar de película de explotación de los años setentas.

Después del breve prólogo, donde de manera puramente visual se establecen los motivos del accionar de la protagonista, tiene lugar una escena de comedia tensa en la que asistimos a una entrega de dinero en pago por un encargo. Inmediatamente después, la mujer que se arrepiente y la casa que se llena de policías esperando a la asesina. La chica (en esta oportunidad en la piel de la luminosa y leve Liz Solari) hace su aparición, finalmente, produce un estropicio de cadáveres –Mala postula la violencia como una fuerza que no consigue ser precisa– , es perseguida por la ley y torturada. En la siguiente secuencia, una mujer misteriosa con mucho poder la ha sacado de su situación para encargarle un trabajo especial que constituye el grueso de la película.

En esa primera parte Caetano opera por sustracción y excluye las deliberaciones para producir violentos parpadeos de emoción física, de color y de sonido. La sangre estalla alrededor de los cuerpos o tiñe de humanidad y sufrimiento la cara de Raggi, golpeada por los policías. Pero más tarde la película se vuelve extrañamente reposada, como si se deslizara por una zona de ensueño y extrañeza incluso para los protagonistas. Ahora Rosario se hace pasar por veterinaria y aterriza en medio del campo con una misión diferente a las anteriores. Esta vez el blanco es un hombre que también sufre. El dolor es una corriente eléctrica que envuelve a los personajes y una constatación de su existencia. María Duplaá encarna magníficamente a la protagonista con una mezcla de desparpajo vehemente y de ensimismamiento que contrastan con la fiereza gélida de Brenda Gandini, la invitada de honor restante en esta danza de cuerpos desdoblados, que se luce montada bajo la lluvia sobre el hombre, los dos bañados de sangre. Caetano parece embarcado en una suerte de culebrón absurdo que incluye una historia de celos y abandono y una mujer despechada en silla de ruedas experta en tiro con ballesta. Los planos tiemblan levemente, como si la cámara flotara; los soberbios fundidos encadenados que muestran a la protagonista entrando a la mansión de su nueva empleadora recuerdan a los de Fantasmas de Marte, de John Carpenter, pero Caetano no hace citas cinéfilas sino elecciones precisas de ritmo y tono que se integran con discreción y oportunidad al conjunto. El director no pone jamás entre paréntesis la película, toma en serio su arsenal de materiales disparatados, sin ironizar ni convertirlos en materia antropológica de la historia del cine. Caetano se afianza como un director esencialmente moderno, que desconcierta al espectador en cada plano, acaso animado por la convicción de que el placer del cine es un secreto al que solo acceden los que están a favor de la imaginación, de la originalidad y de la frescura.

La verdad es que a esta altura todos se dedican a ensayar variaciones del mismo chiste, pero la tentación es grande y la conclusión se impone. Allí vamos, entonces: Mala es buena; incluso muy buena. La película de Caetano no es divertida, no es graciosa ni canchera, no hace realismo social en ninguna de sus variantes, en realidad no hace realismo, ni se entrega tampoco a alguna forma amable de pasatiempo con mensaje. Mala desafía a sus detractores porque ni siquiera acepta sus términos. Cuando se difunde la creencia de que lo mejor que le puede pasar el cine es abrazar con unción el género, su director solo ofrece referirse a los géneros por la tangente, montarse sobre sus restos visibles, atacarlos con un picahielo y exhibir las astillas sin una pizca de ironía. En Mala el género no sirve para permitirnos ordenar de algún modo lo que nos rodea, ni siquiera con el objeto de señalar sus fallas –como cuando en el film noir se hace el inventario detallado de las taras del mundo–, más que nada porque la película ensaya una forma de organización del relato que parece fundirse con el extravío y la desesperación que describe. Mala es lo que queda del mundo cuando la única emoción reconocible que prevalece es el dolor.